26 de julio de 1952. Estaba jugando en el balcón mayor de mi casa, al frente de la plaza 25 de Mayo por calle San Martín. Seguramente hacía rodar mis autitos Dinky toys, el camión azul, la cupé celeste, el Cadillac verde y blanco, el jeep de guerra con la estrella en el capot, algunos soldados de plomo. Mi actividad preferida en el lugar preferido. Seguramente no prestaba mayor atención a otra cosa que no sea mi mundo, rodando los vehículos y colocando los soldados de diferentes bandos en los vericuetos de las rejas cuyas formas me permitían tener infinitas posiciones y escondites.
El tránsito en la calle, creo yo, era en sentido de Oeste a Este. Y tal vez eso fue lo que llamó mi atención. En un momento dado, esa mañana, en sentido inverso venía ascendiendo un coche al que lo recuerdo gris oscuro. Luego supe que era una Voiturette de un señor Buenader. Y en el asiento trasero, erguida, una figura me pareció imponente: estaba completamente vestida de negro, con guantes muy largos, un sombrero pequeño a modo de casquete y un tul que le cubría el rostro: era Eva Duarte de Perón. Saludaba con su brazo en alto. Hasta aquí el recuerdo concreto. Luego supe que vino a inaugurar el Policlínico de Niños “Juan Perón”, hoy Hospital de Niños “Eva Perón” y el Hogar Escuela “17 de Octubre”.
El derrotero de la primera dama estaba marcado porque, arribada a Catamarca en el ferrocarril Belgrano a la estación, la comitiva la trasladó por calle Rivadavia hasta San Martín y por esta hacia La Alameda. Y dobló a la izquierda por el “Boulevard Mitre” hacia el policlínico.
Quedé impresionado con la visitante. Pasado mucho tiempo, en casa de una familia amiga, vi en el escritorio una foto de ella en el Camarín de la Virgen, aparentemente mientras tomaba la comunión. Luego, para hacer esta nota y recorriendo Internet, encontré la foto de su estancia en el Hogar Escuela.
El balcón tuvo otro protagonismo relacionado con esta figura. El 26 de julio de 1952 fallece en Buenos Aires y se encaran diferentes actos en su homenaje en Catamarca. Creo recordar que en la Catedral se levantó una capilla ardiente por bastante tiempo. Yo recuerdo que era en la nave de la izquierda, donde se encuentran el Cristo Crucificado, la Dolorosa y San José, que salen en procesión el Viernes Santo.
Se preguntarán en este momento qué tiene que ver el balcón con esta situación. Resulta que la asistencia a la iglesia a las 20.25 era absolutamente obligatoria, sobre todo para empleados públicos, docentes y seguramente otros miembros de la comunidad provinciana. Como era muy frecuente que, con mi madre estuviésemos a esa hora en el balcón, veíamos como se iban acercando hombres y mujeres. Muchos de aquellos haciendo señas en su brazo o en el pecho, caso de las mujeres, que era donde debían exhibir la prenda de luto. Por tal motivo, Doña Inés, mi madre, me mandó por la mañana a la Tienda del 20 a comprar unos rollos de cinta negra que cortó para que sean brazaletes, o los agrupaba, tipo moño, para las prendas femeninas. ¿Qué hubiese sido de ellos si no estuviera el balcón? Para completar la escena, todas las columnas de luz, en unos islotes en medio de la calzada, lucían crespones negros de gran tamaño.