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23 de septiembre de 2006 - 00:00
En estos días -más precisamente el miércoles 20- se cumplieron 59 años de la promulgación de la ley 13.100 que estableció, en 1947, los derechos políticos de las mujeres. “Detrás quedaban cincuenta años de lucha que tuvieron por objeto no sólo la obtención del sufragio, sino también los derechos civiles, el acceso a los estudios superiores y la matriculación en diversas actividades de la producción y del comercio”, apunta María del Carmen Feijoó en un trabajo publicado en “Todo es Historia” en 1978.

Pero el voto femenino ya era realidad en la Argentina desde 1927, claro que sólo en la provincia de San Juan, donde se generalizó una práctica que venía ya, en la esfera municipal, desde 1908.

La experiencia de la participación cívica femenina -de la mujer como electora y como electa- no se ha hecho todavía, de modo que sería temerario aventurar evaluaciones cualitativas. Sí puede señalarse que la discriminación debía eliminarse, pues desde el presente resulta increíble que la mitad -y más también- de la población en edad electoral no estuviese comprendida en las convocatoria cívicas y, desde luego, en los padrones electorales.

Lejos de sugerirse que la incorporación de las mujeres haya devaluado la actividad política en el país, lo que quiere destacarse aquí es que no han sido pocos ni carentes de relieve los varones que han expresado su confianza en que la mujer sea más sensible que sus pares del otro género, más realista, de preocupaciones éticas más agudas, de vocación dialoguista menos condicionada por prejuicios sectoriales.

Si alguien creyese que tales expectativas no pasan de idealizaciones infundadas, habría que advertirle que la política sigue siendo hechura predominantemente masculina y que aún falta tiempo para que pueda identificarse el verdadero peso de la presencia de las mujeres en la órbita política, tan atravesada de pobrezas y malicias desde siempre.

Por esto, sería irresponsable inferir juicios evaluadores del comportamiento cívico femenino del papel cumplido por las dos concejales mujeres del municipio de Valle Viejo, una oficialista en los hechos pero opositora formalmente -Silvia Aredes- y la otra opositora en el ámbito municipal pero oficialista en lo partidario -Stella Ramos-, que desde meses vienen siendo parte por demás visible del caos que es el Concejo Deliberante que integran, desde luego no por exclusiva culpa suya, pues el protagonismo masculino es, también, por demás decisivo.

Con respecto a la concejal Aredes, lo más reciente que hay es su encendido empeño de lograr una nueva separación de su par Stella Ramos, a quien la Justicia había ordenado reponer en el cargo meses atrás. Como presidenta del Concejo se la acusa de haber impedido la sesión en que la referida reincorporación debía hacerse. Y su participación en las disputas que han sido el pan de cada día desde hace meses ha sido destacada.

Por tales controversias, que pulsaron todos los registros de la pasión politiquera, el Concejo Deliberante se mantuvo inactivo durante un mes y medio.

La otra representante femenina, Stella Ramos, deberá afrontar un juicio por los cargos de “fraude a la Administración Pública en forma continuada”. Se la acusa de haber recibido dinero de la recaudación de la pileta municipal y no haberlo ingresado en las arcas del municipio cuando se desempeñaba como directora de Acción Social de la gestión del entonces intendente Horacio Lobo. También se le endilgan otros extravíos, como el de cobrar cheques de comedores infantiles y no destinar esos fondos a su fin natural ni a ningún otro conocido. Además, de haber perpetrado irregularidades con subsidios que figuran como entregados pero que sus destinatarios afirman no haber recibido.

En verdad, todo el Concejo Deliberante chacarero está comprometido en la bochornosa situación a que ha llegado y ni siquiera el intendente Jalile parece estar exento de responsabilidades. No son pocos los que creen que lo que dinamiza tan lamentables erupciones no es otra cosa que la lucha de los sectores por acrecentar el número de sus adeptos en el Concejo. Ésa es la razón -dicen- por la que se separan a algunos y se trabaja, mientras tanto, para introducir a otros.

El Concejo Deliberante de Valle Viejo no es, por lo que se ha expuesto y por lo que se ha omitido en esta síntesis, un espejo válido para rescatar la imagen de las virtudes femeninas en la política. Tampoco de las masculinas. Para hallarla habrá que buscar otro escenario que, sin duda, existe.
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