cara y cruz

Moyano funcionario

viernes, 24 de septiembre de 2021 · 01:02

Hugo Moyano, líder del sindicato de camioneros y dilecto contertulio del presidente Alberto Fernández, reclamó mayor “participación” en el Gobierno nacional, que su criterio debería otorgarle a los sindicatos espacios con “poder de decisión” en el nuevo gabinete. 
El sindicalismo, consideró,  “tiene que cumplir el rol fundamental no solo de defender los derechos de los trabajadores, sino cumplir una función de participación en el sector político, donde se deciden temas de economía. Somos entidades que tenemos que estar sentadas en la mesa de discusión de los temas económicos y que hacen al crecimiento del país”.


Se lo veía venir. La debilidad devenida de las agresiones autoinflingidas convierte al Gobierno de Alberto y Cristina Fernández en una papa para las extorsiones, que personajes como Moyano han elevado a la categoría de arte. 
Como es costumbre, Moyano no se hace cargo de ninguna responsabilidad por la deprimida circunstancia argentina pese al ostensible poder que ha detentado durante cuatro décadas, a lo largo de las cuales se ha enriquecido junto a sus colegas sindicalistas mientras los trabajadores se sumían en la pobreza. 
El salario real argentino está en el nivel más bajo de los últimos diez años, la informalidad alcanza al 50% de los trabajadores, la pobreza escaló al 44%, y resulta que los cronificados jerarcas de la burocracia sindical no tuvieron nada que ver en el proceso.
El camionero, “dirigente ejemplar” según el presidente Fernández,  subrayó como mérito para ocupar cargos decisivos en el equipo de gobierno el desempeño empresarial de su gremio.
Además de los 220.000 afiliados, se vanaglorió, tienen 12.000 empleados que desempeñan funciones, por ejemplo, en la administración o en las clínicas y los hoteles que dependen del sindicato. 
“Somos más que una empresa de muchos señores que aparecen en televisión queriendo imponer políticas que perjudican a los trabajadores”, dijo.


Por supuesto, no aclaró que tan exitoso periplo empresarial obedece a que se financió con los aportes al gremio y a sus obras sociales que se les retienen a los mentados trabajadores, ni que en el competitivo mundo de los negocios los gremios corren con la ventaja de que nadie irá a chantajearlos.
Tampoco mencionó que la intransigencia de la corporación sindical para retener sus prebendas se conjugó a la perfección con la angurria del capital para obstaculizar inversiones productivas en el país, donde se destruyeron en la última década el 5% de los puestos laborales privados registrados. 
Advirtió que los gobiernos “a veces mandan gente que no tiene noción de nada” y puso como ejemplo al exministro de Transporte macrista Guillermo Dietrich: “La única experiencia que tenía era andar por la bicisenda si iba a trabajar los primeros tres meses, después no podía ir ni en subte, disfrazado iba, no lo podía ver nadie”.
“No han laburado nunca, hacían políticas en contra del laburante y se mantenían con el aporte de los trabajadores. Les pagamos todo: los sueldos, los viajes que hacen, y encima quieren llegar arriba para quitarles derechos a los trabajadores”, concluyó.


Las sesudas reflexiones moyanistas no fueron aderezadas con ejemplos de gestión. No adelantó el camionero, por decir algo, qué estaría dispuesta a resignar la corporación sindical para contribuir a la recuperación del país y la generación de empleo. La corporación sindical, no los trabajadores. Son dos cosas distintas, aunque él se empeñe en asimilarlas.
Ahora que se ha impuesto la idea de “relanzar” al Gobierno, sería un golpe de gran impacto electoral que el ingreso al gabinete de la casta sindical sea acompañado por el renunciamiento a algunas canonjías.

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