Lo bueno, lo malo y lo feo

Tres valientes niños

martes, 21 de septiembre de 2021 · 01:05

Señor Director:

Tengo el agrado de dirigirme a usted para solicitarle quiera tener a bien publicar en su prestigioso diario la siguiente narración, en memoria de mi padre, para quien uno de sus últimos deseos fue dar a conocer esta historia.
Está referida a un hecho acontecido en el pasado, y que, por esas cosas quizás circunstanciales, dejó de tener la importancia que se merece.
Se trata de un accidente de características peculiares, que se apartan a lo que hoy vemos con frecuencia en este mundo moderno.

Como preludio de mi narración, se impone mencionar lo económico como factor condicionante que hace a la vida cotidiana.
En efecto, en aquellos tiempos la situación económica y social gravitaba poderosamente en los pueblos, cuyos hogares recibían el inexorable impacto, impulsándolos a la búsqueda de diversos recursos para satisfacer múltiples requerimientos que todo hogar necesita para subsistir.

En este marco, las evidencias eran notables, las que, de una u otra forma, incidían en la normal convivencia, siendo una de ellas el “confort”, como factor elemental de sus aplicaciones para el diario vivir. No caben dudas de que la ausencia de tecnología aplicable en la satisfacción de alimentos era lamentable. Por ello, recurrir a la naturaleza era la solución. La leña, nombre vulgar que le adjudicamos a las ramas de árboles secos que se usan como gran productor de calor, siendo las montañas las más indicadas para encontrar este combustible tan elemental. Para su búsqueda significaba recurrir al conocimiento de diversos factores imprescindibles como senderos, áreas con abundancia de este producto, etc. Para ello, los niños, como factor humano, representaban la solución.

Una vez completado este requerimiento por mandato de sus padres, tres niños capacitados para ello iniciaron el ascenso a zonas ideales, las montañas. Una vez allí demostraron un gran placer por este gran escenario natural, abocándose a lo requerido por sus padres, como así a diversiones y búsqueda de frutos propios de la zona. Pero las travesuras no faltaron; uno de ellos con la herramienta asignada a la tarea encomendada, procedió a derribar una frondosa planta de “cardón”, especie espinosa de las montañas, la cual cayó sobre el cuerpito del desdichado niño.

Frente a esta lamentable escena, se encontraron con el cuadro más doloroso de esta reciente aventura. ¿Qué hacer ante tanta impotencia? ¿Sentarse a llorar o pedir auxilio? Esto impulsó a subir a lo alto de la montaña, con alguna esperanza, pero no; a sus gritos angustiados tan solo respondían los ecos de las lejanas quebradas. Estaban solos y perturbados. ¿Qué hacer? Sin embargo, la gran ayuda estaba en sus manos ¿o no sabíamos que un niño posee fuerzas ocultas en su pecho que las pone en descubierto para repeler inminentes peligros? 

De inmediato, con aquella arma que causara esta tragedia, esta vez convertida en arma salvadora, iniciaron la difícil tarea que imponía la inexorable, salvar a su compañerito, de este fatal designio. No cabía otra cosa que enfrentarse con esta espacie de monstruo que aprisionaba su débil cuerpito. Una vez logrado se encontraron con la imagen más dolorosa de la tragedia; un cuerpo cubierto por un manto de punzantes espinas que atravesaban su débil piel.

Valerosamente intentaron extraer las púas que lo atormentaban, tarea que dejaba entrever la incipiente capacidad para ello.
El cuadro traumático se complicaba, el correr de la tarde conspiraba, el ocaso anunciaba el peligro de la noche, por lo tanto, se imponía el regreso a sus hogares.
De inmediato presurosos iniciaron la difícil travesía, cargando en sus débiles espaldas a su compañerito, debieron cruzar profundas quebradas hasta llegar en la penumbra a sus hogares. Cansados y lacerados ante tanto esfuerzo, orgullosos entregaron al moribundo compañerito a sus doloridos padres.

A la gravedad del hecho se imponía entonces la intervención médica. Para ello, fue trasladado al hospital de la Capital, regresando a los días o semanas, sano y salvo. Sus compañeritos y amiguitos lo recibieron con alegría al verlo nuevamente sonreír.
Y, allí en lo alto de la montaña, quedaron sus tres carguitas de leña, quizás con el tiempo sean testigos de que allí la audacia de un niño causara tanto dolor. Y si alguna vez, caminas por esos ásperos senderos y te encuentras con ella no dudarás que este fue el escenario donde tres changuitos oriundos de La Callecita desafiaron al vigía de las montañas.

Los integrantes de esta escena tan valerosa y colmada de emociones fueron: Barrionuevo Liborio, 12 años, autor del hecho, Barrionuevo Indavor, 12 años y Barrionuevo Oscar, 10 años.

Por ser parte de este evento tan traumático me inhibo de toda interpretación, por considerar que aquellos compañeritos fueron los verdaderos valientes, a quien recuerdo de todo corazón.
Como vemos, un niño no es únicamente un incipiente ser que llena lo más hermoso de nuestra existencia, es también aquel audaz y valiente que marca con evidencia aquella fuerza que emerge frente a ponderable circunstancia.

 

Lic. Oscar Ramón Barrionuevo
DNI 6.941.347

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