EL MIRADOR POLÍTICO

La pobreza en disputa

domingo, 19 de septiembre de 2021 · 01:10

La designación del gobernador de Tucumán Juan Manzur como Jefe de Gabinete y la reunión inmediatamente posterior del presidente Alberto Fernández con los gobernadores en La Rioja responden al indicio más significativo que arrojaron las primarias: la emancipación electoral de los pobres y pauperizados del área metropolitana conformada por la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires. La zona es demasiado volátil como para asentar exclusivamente en ella la legitimidad de cualquier gestión. 

Esta constatación explica tanto la energía del ataque del ala cristinista sobre el presidente Alberto Fernández como el respaldo inmediato al mandatario de gobernadores, sindicatos y el Movimiento Evita, organización social que capitanean el secretario de la Economía Social del Ministerio de Desarrollo Social, Emilio Pérsico, y el secretario de Relaciones Parlamentarias, Institucionales y con la Sociedad Civil de la Jefatura de Gabinete, Fernando “Chino” Navarro. Ambas reacciones son un reflejo ante el vértigo del vacío. Que el cristinismo haya perdido la hegemonía como canal de expresión electoral de la pobreza afecta al conjunto del peronismo en una sociedad socialemente estragada.

La circunstancia del cristinismo es más dramática, pues experimentó el retroceso en su propio feudo, Buenos Aires, epicentro de la reyerta que La Cámpora de Máximo Kirchner libró con las organizaciones sociales por el control del asistencialismo. Los cristinistas se ocuparon de que sus antagonistas no estuvieran en las listas, tras forzar la eyección de Daniel Arroyo del Ministerio de Desarrollo Social.

Gobernada por Axel Kicillof, dilecto ahijado de la vicepresidenta Cristina Fernández, el distrito concentró los favores de la Casa Rosada. 

Fernández le quitó un punto de la coparticipación federal a la CABA para transferírselo a Kicillof en el marco de una revuelta policial. 

El esquema de ajuste sobre las tarifas se redujo debido al eventual impacto que tendría en el humor electoral de la región, que paga boletas con montos hasta seis veces inferiores a los del interior.

Los subsidios nacionales al transporte se restringieron drásticamente para todo el país, menos para el AMBA. El IFE se sostuvo allí durante más tiempo.

La inversión pública y las incursiones presidenciales en el distrito recrudecieron a medida que se arrimaba el turno de las urnas.

Todas las recriminaciones de “cristinismo”, incluso las que puedan considerarse acertadas, reunidas por Cristina en su última carta pública, ceden ante la evidencia. Los responsables del principal distrito electoral tuvieron a disposición más recursos que sus colegas, pero perdieron igual, con un agravante: su derrota puso en crisis la viga maestra sobre la que decidió asentarse el Presidente.


Tensión
La representación de la pobreza está en disputa y es lógico: con un 44% y picos del 51 en el Conurbano, es la cantera de votos más gravitante de la Argentina. El padrón mutó y se hizo más heterogéneo con los caídos de las clases medias.

Las organizaciones sociales echaron músculo para la pelea en ese universo en expansión durante el macrismo, que no disminuyó en ningún momento el flujo de la asistencia a través de su ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley. Los camporistas llaman a los jerarcas de estos movimientos, precisamente, “carolinos”, además de “cayetanos”. 

La idea de una obra social y un sindicato para la “economía popular”, que reverdece ahora, fue lanzada por Pérsico en aquella época.

La ley de Emergencia Social, sancionada en 2016, habilitaba al Jefe de Gabinete a reasignar partidas por hasta 30 mil millones de pesos hasta 2019 y creaba el Consejo de la Economía Popular y el Salario Social. Pérsico, al frente de la Corriente de Trabajadores de la Economía Social, promovía la institucionalización de una suerte de CGT de los excluidos.

Las organizaciones sociales son desde entonces un competidor político del cristinismo, y esta competencia emergió madura en el litigio con La Cámpora.

Está también la izquierda, obvio, pero en la primaria apareció otro comensal, inesperado por su localización ideológica: el candidato ha diputado nacional de Juntos, Diego Santilli, y el jefe de Gobierno de la CABA, Horacio Rodríguez Larreta, empezaron a transitar villas y asentamientos, de  la mano de peronistas disidentes del sectarismo cristinista. 

Juntos tiene intendentes; el radicalismo tiene estructura, que formó tras Facundo Manes en la PASO.

En tal contexto, el comunicado de respaldo a Fernández de la CGT es una pieza ejemplar del instinto de conservación. Con el 50% de los trabajadores en la informalidad, la central obrera advierte que hace bastante ha dejado de ser “la columna vertebral” del movimiento peronista. Convocó a defender los derechos laborales de los trabajadores y "de aquellos excluidos del sistema que pugnan por ser portadores de esa cobertura social y laboral, ante el oportunismo político de algunos que representan intereses contrarios a la clase trabajadora". O sea: de los propios y de los expulsados.

Antes que la ideología, más bien sinuosa, lo que caracteriza al peronismo es su capacidad de digestión.

Federalización
Frente a la crisis del centro de gravitación que eligió y el acoso cristinista, Fernández desempolva el sentir federal. 

Ha de reflexionar sobre los motivos que lo llevaron a desistir de afirmarse en la Liga del Norte Grande que se le ofreció como plataforma en más de una oportunidad, desde los albores de la gestión, para equilibrar cargas con Cristina y Sergio Massa.

Manzur, su flamante jefe de Gabinete, lo proclamó incluso como el nuevo jefe del peronismo apenas ganó las elecciones. Menos que el derrumbe electoral, son sus efectos lo que demuestran que fortalecerse políticamente no es una alternativa más para un Presidente, sino una obligación institucional.

Debido a que no la cumplió oportunamente, por imperio de las circunstancias el frustrado “albertismo sin Alberto” se transforma en “albertismo a pesar de Alberto”, en defensa propia, con un amague de “albertismo contra Alberto” que asomó en las críticas declaraciones del gobernador de Santiago del Estero, Gerardo Zamora, días antes de las primarias.

El provisorio resultado electoral es otra estribación del fracaso del eje metropolitano como ordenador de la política nacional. 

Todos los presidentes desde 1999 provinieron de ahí. Fernando De la Rúa, Eduardo Duhalde, Mauricio Macri, Alberto Fernández y también los Kirchner: Néstor llegó a la Presidencia en 2003 impulsado por Duhalde y lo primero que hizo fue colonizar el Conurbano para decapitar a su padrino. Cristina derrotó a Chiche Duhalde por la senaduría nacional bonaerense en 2005; Néstor fue electo diputado nacional por la misma provincia en 2009, aunque perdiera ante Francisco De Narváez.

El trípode consagrado en 2019 alcanzó el paroxismo: el porteño Fernández, la senadora bonaerense Cristina, el diputado tigrense Sergio Massa.

El resultado del ciclo AMBA, de casi dos décadas, es catastrófico. En los últimos 10 años, se destruyó el 5% del empleo privado asalariado; solo se creó, o no se destruyó, empleo público o informal. La Argentina es de los pocos países del mundo que tiene más pobres que hace 25 años. El Estado está en quiebra.

Con la representación de la pobreza en litigio y la legitimidad seriamente lesionada en un territorio donde los caciques le niegan liderazgo, Fernández busca, ya sin remedio, hacer pie en el interior, con los gobernadores.

Manzur encarna el embrión de un eje de poder para tratar de estabilizar el sistema, no ya para ganar en noviembre, sino para recuperar capacidad de financiamiento y expectativa de inversión en la Argentina. Es decir: para que la pobreza de cuya representación tantos quieren apoderarse pueda empezar a remitir.
 

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