editorial

La indiferencia como mal mayor

domingo, 12 de septiembre de 2021 · 01:04

La pérdida de un ser querido siempre causa un dolor irreparable, pero si esa muerte ha sido una decisión personal de la víctima, a la pena se le añade la angustia que proviene de un interrogante: ¿qué pude hacer y no hice para evitar el desenlace fatal?

No siempre es posible advertir las señales que emite el suicida, o incluso no hay indicio alguno que haga suponer que está por consumar esa resolución fatal de su existencia. Pero hay ocasiones en que se presentan síntomas que permiten conjeturar la intención de una persona de terminar con su vida. Y tanto desde el Estado como desde el entorno afectivo de la víctima hay un conjunto de decisiones que se pueden adoptar para evitar la tragedia.

El viernes se conmemoró el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, fecha que instituyó la Organización Mundial de la Salud precisamente para debatir el tema y para difundir recomendaciones respecto de cómo se puede y se debe abordar esta problemática.

Hay causas estructurales y sociales que inciden en la cantidad de suicidios, particularmente entre los más jóvenes. Por ejemplo, la falta de perspectivas de desarrollo personal por restricciones en el acceso a un trabajo que les permita realizarse individualmente. Hace unos años, las estadísticas señalaban a Catamarca como la provincia donde el suicidio adolescente tenía mayor incidencia. La proliferación de casos era particularmente visible en el Oeste provincial. Los especialistas vincularon ese fenómeno con las dificultades de ese grupo etario para encontrar trabajo.

Tanto desde el Estado como desde el entorno afectivo del potencial suicida hay un conjunto de decisiones que se pueden adoptar para evitar la tragedia.

Desde la perspectiva institucional se han empezado a saldar viejas deudas. El Ejecutivo nacional acaba de reglamentar, seis años después de su sanción, la Ley 27130 de Prevención del Suicidio. La norma declara de interés nacional la atención biopsicosocial, la investigación científica y epidemiológica, la capacitación profesional en la detección y atención de las personas en riesgo de suicidio y la asistencia a las familias de las víctimas. A nivel provincial se creó la Mesa Intersectorial de Suicidio.

Pero en el ámbito de las relaciones personales, en el entorno del potencial suicida, también se pueden llevar a cabo acciones de prevención. Los especialistas aconsejan estar atentos a señales de alertas, como cambios repentinos de humor, retraimiento de la vida social, aumento del consumo de alcohol o drogas, el suicidio como tema recurrente de conversación, desprenderse de pertenencias o despedirse de personas como si fuera un adiós definitivo. En esos casos, se debe ofrecer ayuda estableciendo una comunicación más profunda con el potencial suicida, alentarlos a que recurra a las líneas directas de prevención del suicidio y demandar también apoyo profesional que pueda indicar qué hacer en lo inmediato y en el mediano plazo.

El abordaje institucional y del entorno afectivo del potencial suicida es imprescindible. A veces, señalan los expertos, es preferible preocuparse excesivamente que ignorar las señales. La indiferencia, que en estos casos es el mal mayor, agrava las condiciones preexistentes y puede desencadenar los desenlaces que tanto dolor causan.

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