editorial

Exitismo que enferma

jueves, 29 de julio de 2021 · 01:01

La norteamericana Simone Biles llegó a los Juegos Olímpicos como una de las grandes estrellas de la gimnasia artística. Sin embargo, cuando todo el mundo del deporte estaba pendiente de ella, y seguro de que iba a revalidar los pergaminos que ostentaba hasta ahora, su rendimiento bajó sorpresivamente. Y al cabo de algunas horas de incertidumbre, anunció que se retiraba de las instancias finales de la competición por equipos. Adujo problemas de salud mental, vinculados a la enorme presión que padece por parte del público y los medios para rendir de acuerdo con lo que se espera de ella. Dijo, concretamente, que sentía “el peso del mundo sobre su cabeza”. Y añadió: “Simplemente creo que la salud mental es más importante que los deportes en este momento. Tenemos que proteger nuestras mentes y nuestros cuerpos, y no solo salir y hacer lo que el mundo quiere que hagamos”.

Aunque su caso puede ser el más visible en el mundo del deporte, son muchos los episodios en los que los atletas ceden a esas presiones, y terminan presos de sus propios demonios. Y lo mismo sucede en todos los ámbitos de la vida humana: las sobreexigencias, lejos de contribuir a un mejor rendimiento, terminan haciendo sucumbir a las personas y abriendo las puertas del fracaso y la frustración.

Biles, por su fama y su prestigio, quedó más expuesta en su renunciamiento, pero al mismo tiempo su popularidad permitió que problemas de esta índole se visibilicen y sean objetos de análisis profundos respecto de sus causas. La ansiedad, que es una de las consecuencias de las sobre exigencias, se ha convertido en pandemia: afecta, según datos de la Organización Mundial de la Salud, a 260 millones de personas en el mundo.

Un alto porcentaje de los problemas de salud mental tienen relación con la presión que la sociedad ejerce sobre las personas respecto de su rendimiento en las distintas actividades en un contexto de pugnas competitivas. Si la situación es grave entre los adultos, más lo es en niños y adolescentes, que también la padecen. Y a veces son los padres los que más contribuyen, con sus desmesuradas exigencias, a episodios de estrés que los chicos no pueden manejar.

El mérito de la atleta norteamericana es que, con su actitud de asumir sus padecimientos, contribuye a romper el tabú que significa hablar de los problemas de salud mental, que son más comunes de los que la gente en general supone, y que además tienen tratamiento. Si un ídolo del deporte –o del mundo del espectáculo, o de la cultura- admite que necesita ayuda, que no puede soportar un grado de exposición y presión semejante, anima al resto de las personas a adoptar comportamientos semejantes. Y eso es saludable. 

En sociedades exageradamente competitivas como las que vivimos, en las cuales, además, se hace un culto exagerado del “éxito”, que consiste en ser siempre los de mejor rendimiento, resulta conveniente repensar los valores que se exhiben como deseables, y resignificar otros más vinculados al bienestar físico, mental y afectivo, a veces relegados por el exitismo imperante.

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