EDITORIAL

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viernes, 23 de julio de 2021 · 01:07

Desde el inicio de la pandemia se redujeron notablemente, por las restricciones a la circulación, la diversión nocturna, las fiestas y las reuniones sociales. Una conclusión apresurada sería considerar que por esa razón bajó el consumo de alcohol, sobre todo entre los adolescentes y los jóvenes. Sin embargo, diversos estudios han constatado que, por el contrario, el consumo se incrementó en el último año, profundizando una tendencia que se registra desde hace décadas.

Uno de esos estudios, realizados por un centro privado de salud mental de la ciudad de Buenos Aires Medicus-, estima que, como consecuencia del aislamiento, se triplicó el número de personas que beben alcohol todos los días. Y si bien eso incluye a adultos, el hábito se ha extendido también en personas menores de 30 años.

El dato es preocupante, sobre todo teniendo en cuenta que, según estadísticas difundidas por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Argentina ya era, antes de la llegada del COVID-19, el segundo país en consumo de bebidas alcohólicas entre adolescentes en América. De acuerdo con el reporte 2020 sobre Alcohol y la Salud en las Américas”, último informe realizado por la OPS sobre la problemática, publicado en abril, “la Argentina es el segundo país de América, después de Uruguay y por encima de EEUU y Chile, con mayor consumo per cápita de alcohol entre jóvenes de 15 y 19 años: 6,2 litros al año”. El estudio también señala que el nuestro es el tercer país de América con mayor prevalencia de Consumo Excesivo Episódico (CEE) de alcohol entre 15 y 19 años, después de EEUU y Uruguay. 

Si bien las estadísticas respecto del incremento del consumo de alcohol son inquietantes, peor son las que indican las consecuencias que tiene ese consumo.

En función de los resultados de este trabajo, y a los efectos de enfrentar con estrategias explícitas el problema, el Defensor del Pueblo Adjunto de la provincia de Buenos Aires, Walter Martello, quien además es titular del Observatorio de Adicciones y Consumos Problemáticos de la Defensoría, propuso modificar la ley de prevención del alcoholismo, sancionada en 1997 en esa jurisdicción. La iniciativa procura agrandar el espacio del etiquetado destinado a advertir sobre las consecuencias nocivas del consumo excesivo, además de especificar la información nutricional y calórica, tal como lo establece el Código Alimentario Argentino para otro tipo de bebidas. Según la propuesta, las etiquetas deberían incluir “iconos de fácil visualización en las leyendas sanitarias”, como “Si conduce, no beba” o “Las embarazadas no deben beber alcohol”. Finalmente promueve que el conocido slogan "Beber con moderación" sea reemplazado por la leyenda: “El abuso en el consumo de alcohol es nocivo para la salud”.

La iniciativa es interesante y de fácil aplicación, pero debe ser acompañada de otras campañas de concientización y de mayores controles respecto del consumo, particularmente entre los menores de edad. Porque si bien las estadísticas respecto del incremento del consumo son inquietantes, peor aún serían -si se construyesen con datos precisos, lo cual no siempre es posible- las que indicasen las consecuencias que tiene ese consumo, el costo en vidas perdidas en accidentes y las secuelas irreversibles para la salud.

 

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