CARA Y CRUZ

Últimos orejones del tarro

miércoles, 7 de abril de 2021 · 01:05

Mientras la atención pública se concentra en los entreveros salariales de la administración pública y la docencia, el impacto de la pandemia y el deterioro económico devenido de la cuarentena empiezan a hacerse sentir con fuerza en el frente social. Inequidades: los agentes públicos no dejaron nunca de cobrar sus salarios, con aumentos incluso, mientras la pobreza engullía nuevas víctimas. Está en el 42% a nivel nacional. Oficialismo y oposición se entretienen en conjeturas estadísticas.
Cáritas informó que el incremento de la asistencia a las familias en situación de pobreza es de tal magnitud que analizan descentralizar la sede ubicada en Choya y que las parroquias tengan su propia sede.

“Cada vez más notamos que se acercan personas con muchas necesidades, no solo alimentarias sino que requieren elementos de higiene, ropa, calzado.  Atendemos lunes, miércoles y viernes con ayuda inmediata y damos los bolsones a 140 familias; ayudamos a comedores, merenderos, pero la necesidad es mucha más ahora. La pobreza se percibe más”, dijo Graciela Arismendi, directora de la entidad.
Cáritas colabora con 13 comedores y merenderos distribuidos en toda la ciudad, que a su vez dan de comer a cientos de familias. 
“Las familias son todas de escasos recursos, con asistencia mínima del Estado, y desde los comedores nos dicen que tienen cada vez más pedidos; la gente se suma todos los días. Por comedor o merendero son mucho más de 80 las personas que retiran los alimentos”, explicó. 

En las páginas 14 y 15 de la edición de hoy se da cuenta de la situación de los comedores y merenderos, que comenzaron a ser asistidos por el Ministerio de Desarrollo Social tras varios meses de ayuda en remisión. El calado de la crisis se traduce en la diversificación institucional. A los comedores formales, que reciben fondos para adquirir alimentos del programa Pro Igualdad de Oportunidades (PIO), se suman los emergentes e informales, sostenidos a pulmón por vecinos solidarios y a través de donaciones. La mayoría solo pueden cocinar dos o tres días a la semana y el resto dan mate cocido.

Los que reciben recursos del PIO se arman para cocinar un par de semanas, pero los otros tienen que recurrir al Mercado de Abasto, donde piden las verduras que quedan, y a pollerías donde les dan los “ranchos”. En el barrio Santa Marta hicieron una huerta comunitaria.
El ministro de Desarrollo Social, Maximiliano Rivera, dijo que “la Provincia hace un aporte significativo a la asistencia social”.
Además de los aportes a comedores de todo tipo, se reparten por mes 50 mil bolsones de comida en toda la provincia.
“Somos conscientes de que tenemos que seguir, pero también de que tenemos que dar el paso a la vinculación con el mundo del trabajo. Si solo miramos lo asistencial como alternativa, estamos en problemas. Nosotros vamos a lanzar programas que estamos coordinando con Nación para que esto empiece a cambiar”, dijo el ministro.

Que empiece rápido. La discusión política sobre la pobreza abunda en chicanas e interpretaciones forzadas. En el caso concreto de Catamarca, está muy invisibilizada por el debate en torno a las condiciones laborales en la administración pública.
Tal vez sea conveniente enfocarse más en el asunto. Los estatales y docentes tienen ya satisfechas sus angustias  y resueltas sus incertidumbres. Quedan los siempre últimos orejones del tarro, que son legiones.n

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