el mirador político

El poncho corto y la intemperie

domingo, 11 de abril de 2021 · 01:04

Mientras los sindicatos estatales desplegaban con el Gobierno provincial el último cuadro de la tradicional danza de las paritarias, Cáritas Catamarca y varios referentes de comedores populares exponían su impotencia para cubrir la demanda de alimentos en ascenso de las crecientes legiones de pobres. 
El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos acababa de difundir los datos sobre la pobreza en el último semestre del año pasado y las dos facciones mayoritarias de la corporación política proponían al público las interpretaciones más adecuadas a sus intereses proselitistas. 
A nivel nacional, la pobreza creció 7 puntos en el año de la peste: de 35,5% en el ocaso de la administración Macri a 42% en el primer aniversario de la doble Fernández. En Catamarca remitió cuatro puntos: de 39,6 a 35,7% en el mismo período.
Cáritas y los administradores de los comedores catuchos dieron carnadura a las cifras.
“Notamos que se acercan cada vez más personas con muchas necesidades, no solo alimentarias. Hay personas que requieren elementos de higiene, ropa, calzado. Atendemos lunes, miércoles y viernes con ayuda inmediata y damos los bolsones a 140 familias; ayudamos a comedores, merenderos, pero la necesidad es mucha más ahora, la pobreza se percibe más. Trabajamos con Nación y con este difícil momento en el país hemos recibido más ayuda de Nación y de donantes; a medida que nos bajan los fondos ayudamos, pero, por ejemplo, con los bolsones, es una vez al mes y la gente debe comer todos los días”, dijo Graciela Arismendi, directora de Cáritas.
Cristian, que maneja un comedor barrial, consignó: “La pobreza es mucha y nosotros hacemos lo que podemos, como cada una de las personas que trabajan en los comedores. Nosotros cocinamos de lunes a viernes cuando podemos; a veces cocinamos tres veces a la semana porque no hay cómo conseguir. Nosotros somos un comedor barrial y todos los días es un cuesta arriba”. 
Los comedores y merenderos deben complementar el auxilio que reciben del Estado, si lo reciben, con donaciones de gente solidaria. Sin embargo, están desbordados. Son la primera línea de la pelea contra la miseria.
Cuando no tienen para comida, dan mate cocido. 

El Estado incompetente
Tras muchos cabildeos, los sindicatos estatales obtuvieron un incremento salarial del 35%. Está bien, todo trabajador tiene derecho a un salario digno, pero el asunto es otro. 
Se trata de los emolumentos del aparato que tiene entre sus misiones primordiales atender el degradado frente social. Sería tal vez demasiado pedir que tal aparato acabe con la pobreza, incluso que la reduzca o revierta su evolución, pero lo mínimo que puede requerírsele es eficacia en la mitigación del sufrimiento, más aún cuando las filas de la miseria vienen acrecentándose de modo sostenido desde hace décadas. Es decir: no se asiste a un repentino y sorpresivo fenómeno, sino a la inercia de uno que lleva años de existencia.
En la crisis de 2001, la pobreza alcanzó picos superiores al 60%. Tras la salida de la catástrofe, se sedimentó para fluctuar en torno a un tercio de la población. Pobreza estructural, condenada a vivir de la asistencia social y la caridad, carne de cañón para el clientelismo electoral y el delito. Ha de admitirse que es funcional a intereses bastante concretos ¿En cuánto quedará cuando termine la pandemia?
El Estado, cuya escala salarial acaba de establecerse, fracasa hasta en el módico objetivo de suministrar regularmente a los expulsados insumos para su subsistencia. Con la experiencia acumulada en la Argentina, el desafío de llegar con el auxilio a todas las víctimas debería estar ya saldado. Pero no.

Electorado clave
La incidencia del empleo público en Catamarca está es de las más significativas del país. La elefantiasis del Estado condiciona la gestión política: la cantidad de personas que lo componen es determinante para la construcción de consensos. Malquistarse con la administración pública, pisarle algún callo, equivale a la eutanasia electoral. 
Pertenecer a la planta estatal garantiza ingresos regulares y en perpetua revisión para adaptarlos al costo de vida, obra social, jubilación con el 82% móvil, acceso a créditos blandos a través de la Caja de Crédito provincial o las cajas municipales, beneficios financieros para el consumo como el programa “Días de Ensueño”, facilidades para obtener viviendas del IPV, un régimen laboral más que flexible y estable, bonos de fin de año, capacitaciones gratuitas, representaciones sindicales que les aceitan hasta el orden de prioridades en la vacunación contra el COVID…
Un poncho inmenso, pero corto. La intemperie se precipita sobre los miles de catamarqueños arrojados al bolsón, huérfanos de ígneos dirigentes que aprieten y chantajeen por ellos. Muchos ya no tienen ni la yerba de ayer secándose al sol.
La corporación de los agentes públicos ya disipó sus incertidumbres salariales, sin que jamás aceptara poner en debate la calidad de sus prestaciones.

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Por peso cuantitativo, las controversias sobre los salarios de la administración pública copan la agenda informativa. El avance del deterioro social es invisibilizado por esta lógica, que sostiene una concepción cultural: la meta de los miembros de la burocracia estatal más encumbrados es la retención de sus puestos y la trepada, independientemente del cumplimiento de los objetivos teóricos fijados en los organigramas.
El funcionariato rota en los casilleros, la posesión de un sello o la mera cercanía afectiva con un dedo decisivo justifica para cualquiera hasta la invención de un cargo con sueldo, caja chica, viáticos y campo orégano para componendas; en el peor de los casos, procede el punto índice hasta que se abra alguna posibilidad de entrar en la Legislatura o el Concejo Deliberante.
Un universo de jerarcas perpetuos que pagan sus fracasos con el traslado a otro escaque, tal vez de exposición menor pero siempre de ingresos similares al que dejan.
Esta privilegiada casta engulle recursos a pesar de los míseros resultados logrados en el gerenciamiento del sector público. De ahí que la sola mención de que se les incrementarán los sueldos desencadene reacciones indignadas.
Comedores desabastecidos y colapsados por la demanda por un lado, funcionariato cómodo al mando de un Estado mediocre por el otro. La intemperie y el poncho corto. 
De esa grieta, nadie habla.
 

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