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editorial

Los antivacunas redoblan la apuesta

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25 de noviembre de 2021 - 01:04 Por Redacción El Ancasti

Cada vez tiene más adhesión en el mundo la idea de que, si la pandemia no cesa en los próximos meses, los gobiernos deben incorporar a la vacuna contra el COVID-19 en el calendario obligatorio. O, en el mejor de los casos, imponer mayores y más severas restricciones para los no vacunados.

Sucede que las personas que no se vacunan por decisión propia representan en la actualidad, al menos en aquellas naciones donde hay dosis suficientes, el principal obstáculo para ponerle freno a una enfermedad que ya mató oficialmente –los muertos reales son muchísimos más- a más de cinco millones cien mil personas en todo el mundo. 

En algunos países europeos y en Estados Unidos también un tercio de la población no quiere vacunarse con el esquema completo.

El argumento de que es una decisión individual que el Estado no puede objetar es en principio válida, pero en cuanto se advierte que esa determinación perjudica no solamente a los que la adoptan sino a la población en general, porque los no vacunados funcionan como vectores a través del cual el virus se propaga, aquel razonamiento pierde solidez. 
Por citar solo dos casos representativos, a casi un año de haberse iniciado el proceso de vacunación, Estados Unidos tiene promedio por día más de 95.000 casos y 1.500 muertes. Alemania enfrenta en la actualidad el peor momento de la pandemia: más de 50.000 casos por día, 100 veces más que los que registraba en julio. En ambos países las autoridades señalan a los no vacunados como los responsables de esas cifras en crecimiento, en coincidencia con el otoño boreal.

La situación se agrava en algunos países en los que adhieren al Movimiento Antivacunas que redoblan la apuesta: no solo no quieren vacunarse, sino que además se contagian a propósito, lo que trae aparejado aún una mayor circulación del virus. Las corona-fiestas son reuniones en las que los no vacunados adquieren la enfermedad y de ese modo pueden acceder a un certificado sanitario que acredita que superó la enfermedad, lo que en algunos lugares tiene la misma validez que el de las vacunas. En los Países Bajos, la promoción de los contagios voluntarios adquiere características más sofisticadas: se venden kits de autocontagio que incluye un líquido inyectable con el virus y un test de antígenos para verificar que el comprador logró contraer la enfermedad. 

El problema del autocontagio es doble: además del ya señalado de que favorece la propagación del virus, se le debe sumar el hecho de que no son pocos los que se contagian a propósito que mueren por la enfermedad, cuya gravedad subestiman pese al cúmulo de evidencias existentes. La tasa de letalidad es de aproximadamente el 2%. Es decir, mueren dos de cada 100 personas que contraen la enfermedad.

La intención primaria de los gobiernos de no vacunar de manera coercitiva sigue vigente, pero los rebrotes constantes que se observan en el mundo a casi dos años de la aparición de los primeros casos en China pueden hacer modificar esa postura prescindente.

 

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