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EDITORIAL

La violencia en la grieta

En los últimos días se vive un clima de violencia exacerbada en la Argentina...

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24 de noviembre de 2021 - 01:09 Por Redacción El Ancasti

En los últimos días se vive un clima de violencia exacerbada en la Argentina. Tal vez por la ocurrencia de dos crímenes de fuerte impacto social, que originaron inmediatas y lógicas protestas sociales. Crímenes que, al menos, de acuerdo a cómo están orientadas las respectivas investigaciones, no quedarán impunes. Los autores en ambos casos están identificados, detenidos, y hay abundante material probatorio para inculparlos.

En la semana previa a los comicios, un delincuente asesinó a un kiosquero con una saña feroz e inusual, aun para los niveles de violencia que pueden observarse en la realidad argentina desde hace mucho tiempo. Y durante la semana posterior a las elecciones, policías de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) apelaron a un clásico de la violencia institucional, el gatillo fácil, y balearon a cuatro jóvenes, uno de los cuales falleció.

El ciudadano común tiene fundamentos para quejarse: “Si no nos matan los delincuentes nos matan los policías”. En ese fuego cruzado solo caben la angustia y un legítimo reclamo de mayor seguridad y justicia. El gobierno actual, pero también los anteriores, incluso los del signo político contrario, con otras políticas de seguridad, no han podido disminuir los índices delictivos. Hay otras causas para explorar que no tienen necesariamente que ver con los abordajes ideológicos de la problemática
En un contexto politizado por las elecciones, los crímenes, la interpretación de sus causas, han quedado atrapados por la grieta. El crimen del kiosquero le sirvió a la oposición para cuestionar al gobierno nacional, e incluso para cargarle la responsabilidad de que los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra, decisiones que toman los integrantes del Poder Judicial, no del Ejecutivo. El crimen del joven futbolista le brindó argumentos al oficialismo para cargar contra la prédica de la mano dura que practican algunos dirigentes de juntos por el Cambio, como la exministra de Seguridad Patricia Bullrich, o la derecha que encarnan Javier Milei y José Luis Espert.

Todos los crímenes son dolorosos y de alguna manera representan el fracaso de una sociedad que procura el bien común y condena la violencia en todas sus formas. Es tan condenable el crimen del kiosquero de Ramos Mejías como el del chico de Barracas y todos los que se cometen a diario y, tal vez porque están lejos de las cámaras de televisión de los canales de la capital nacional, pasan inadvertidos o solo se conocen a través de medios locales, en el interior del país.

No puede haber también una grieta que divida a los que condenan la violencia de la delincuencia común de los que condenan la violencia institucional, que solo es más grave porque los autores portan armas provistas por el Estado, no por la identidad de las víctimas. 

Más allá de las lógicas diferencias que pueda existir en el seno de una sociedad en la lectura de la realidad y las causas de los problemas, es preciso que haya consensos básicos entre la dirigencia con responsabilidad institucional sobre cómo encarar el problema de la inseguridad: de la prevención, que le corresponde fundamentalmente al Poder Ejecutivo, y del castigo a los que delinquen, responsabilidad primaria del Poder Judicial. Por ahora no se avizoran avances en este desafío.

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Antecedente. Martín Lousteau Fue ministro de Economía de Cristina Kirchner e ideólogo de la 125 en 2008.

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