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editorial

El desgarrador crujido del estómago vacío

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22 de noviembre de 2021 - 01:00 Por Redacción El Ancasti

La principal deuda que tiene la democracia argentina es con la situación de la niñez. 

La evolución de la pobreza en este grupo etario en los últimos años ha sido impactante. Según los informes de UNICEF, el 2015 terminó con un 30,2 % de los habitantes argentinos de entre 0 y 17 años en situación de pobreza. Cuatro años después, en 2019, cuando finalizó el gobierno de Cambiemos, la pobreza había aumentado más de 20 puntos: los chicos en situación de pobreza eran el 53%.

La situación empeoró en 2020, con el nuevo gobierno y la llegada de la pandemia. La pobreza infantil culminó ese año, según los datos del propio INDEC, en torno al 58,6%, lo que implica casi el doble de niños y adolescentes pobres que apenas un lustro atrás. La indigencia, por su parte, ascendió desde el 8,4% del 2015 al 16,8% de la actualidad. Un crecimiento exponencial que pone abiertamente de manifiesto la ineficacia de las políticas públicas de contención de las infancias vulnerables. Hacia fines de este año el porcentaje de la pobreza ha bajado levemente, hasta situarse en el 56,5%. Pero la insignificante mejora se vincula con la incipiente reactivación de la economía que se observa luego de la apertura de las actividades dispuesta a partir de una notable baja de casos de coronavirus en la Argentina, no con un conjunto consistente de medidas orientadas a atender las necesidades del sector.

El crecimiento de la economía es condición esencial para mejorar las condiciones sociales de los sectores vulnerables, pero es insuficiente. Si bien la reactivación puede por sí sola impactar positivamente en la pobreza infantil, ese impacto será restringido si no se diseña una estrategia de protección social para el abordaje de un problema multidimensional y estructural.
Una de las pocas políticas sostenidas dirigidas al sector es la Asignación Universal por Hijo, porque es una transferencia de ingresos permanente y que va directa, sin intermediarios, a los beneficiarios.

Sebastián Waisgrais, especialista en Inclusión Social y Monitoreo de UNICEF, calcula que para que en la Argentina la pobreza infantil baje a menos del 10% se necesita, además de políticas activas hacia el sector, “crecer a una tasa superior al 3 por ciento anual en términos reales durante 15 años”. No hubo en toda la historia argentina, al menos desde que se mide la evolución de la actividad económica, una década y media de crecimiento ininterrumpido, lo cual pone de manifiesto las restricciones concretas que existen para lograr un descenso sostenido de los índices. De todos modos, es deber de los gobiernos encarar con énfasis y responsabilidad el desafío de atacar la pobreza y la indigencia, la general y particularmente la infantil. Es un mandato político, pero sobre todo moral. Es como escriben Gabriela Magistris y Santiago Morales en el libro recientemente publicado “Educar hasta la ternura siempre”: “Busquen en su memoria los recuerdos más hermosos de su niñez... seguramente se encontrarán con una tarde en bicicleta, con largas conversaciones con amigos, con el recreo de la escuela, (…) las cosquillas en la panza por la chica, el chico o la chica que les gustaba. Es inadmisible, inconcebible e intolerable que 2 millones y medio de niños de nuestro país tengan infectados esos recuerdos por el desgarrador crujido del estómago vacío”. 

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