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CARA Y CRUZ

La interna como aglutinante

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18 de noviembre de 2021 - 01:03 Por Redacción El Ancasti

Urgido por la necesidad de recuperar consistencia para transitar lo que le queda de gestión, el presidente Alberto Fernández apuesta a la expectativa de una gran interna en las primarias de 2023 para aglutinar a las tribus peronistas. 

“Mi mayor aspiración es que, en 2023, desde el último concejal hasta el Presidente de la República lo elijan primero los compañeros. Tenemos que hacer lo necesario para que en 2023 aseguremos un triunfo rotundo”, dijo en el acto por el Día de la Militancia, realizado en Plaza de Mayo para festejar que la paliza a manos de Juntos por el Cambio no fue tan brava como auguraban las primarias. 

La interpretación de la derrota como victoria se sustenta en la concepción ultrametropolitana que orienta al Gobierno. El oficialismo achicó la diferencia en el Conurbano bonaerense a un punto y celebra ese resultado como si fuera el de todo el país, donde la distancia a favor de la oposición fue de 9. Mistificación ombliguista: para esta gente, lo que esté afuera del AMBA es prescindible, salvo cuando se les arrebata el asado y tienen que pedirle auxilio a los gobernadores para tratar de componerlo.

En tal marco, la propuesta del presidente es toda una novedad. Hace 33 años que el peronismo no define su fórmula presidencial a través de internas. Fue en 1988, cuando el gobernador riojano Carlos Menem le ganó la candidatura a Presidente a Antonio Cafiero, que acababa de ganar la Gobernación de la provincia de Buenos Aires y parecía comerse los chicos crudos.

Desde entonces, el mecanismo de legitimación de las internas fue utilizado en la categoría presidencial solamente por fuerzas no justicialistas. José Octavio “Pilo” Bordón contra Carlos “Chacho” Álvarez en el FREPASO en 1994; Fernando de la Rúa contra Graciela Fernández Meijide en la Alianza en 1998; Mauricio Macri contra Ernesto Sanz y Elisa Carrió en Cambiemos en 2015.
En el justicialismo, en cambio, el dispositivo se eludió siempre, pese a que fue Néstor Kirchner quien inventó las PASO, después de perder en provincia de Buenos Aires en 2009 con Francisco de Narváez.

Eduardo Duhalde las conjuró en 2003 y el peronismo fue dividido en tres ofertas: Carlos Menem, Néstor Kirchner y Adolfo Rodríguez Saá. Ganó Menem, pero desistió del balotaje y asumió Kirchner, quien en 2007 designó a Cristina, su compañera, que fue a la reelección, ya viuda, en 2011. La candidatura de Daniel Scioli no pasó por el trámite de las urnas intestinas en 2015. Tampoco la fórmula Alberto Fernández-Cristina Kirchner, proclamada por Tweeter en mayo de 2019.

Esta reticencia a la interna acentuó la gravitación para las definiciones nacionales del dedo metropolitano, que es kirchnerista desde que Cristina le ganó a Chiche Duhalde en las generales de 2005. 

Fernández intuye que la posibilidad de que todas las candidaturas peronistas se diriman en las PASO de 2023 podría ordenar la fragmentación estimulada por el retroceso del liderazgo de Cristina. El correlato histórico sustenta sus presunciones. Todas las internas nacionales, la peronista del ‘88 incluida, precedieron experiencias electorales exitosas. El fracaso de las gestiones posteriores es otro cantar.

El FREPASO se ubicó segundo en las generales de 1995 y cuatro años después competía con los radicales en las internas tras las cuales la Alianza alcanzó la Presidencia. Macri también llegó a la Casa Rosada después de librar internas. En este medio término, Juntos por el Cambio aprovechó bien las PASO para contar las costillas de sus aspirantes, mientras los caciques justicialistas se atrincheraban en sus distritos para sustraerse de la derrota.

Por ahí una gran interna como la del ’88 es la salida para la crisis de liderazgo que atraviesa el oficialismo y, al mismo tiempo, permite superar la obsesión metropolitana. 

Con el interior, Juntos por el Cambio estira a 9 puntos la diferencia que los narcisistas del AMBA pretenden reducir a uno. El fenómeno podría replicarse en una interna justicialista. 

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