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editorial

Un deber, más que una alternativa

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20 de octubre de 2021 - 01:08 Por Redacción El Ancasti

El presidente de la cámara de diputados de la Nación, Sergio Massa, señaló días pasados que una vez concluido el proceso eleccionario el gobierno nacional convocaría al diálogo con la oposición. No hubo aún, y no se sabe si habrá, convocatoria oficial.

Fue, casi, una declaración al pasar, una expresión de deseos o una consigna políticamente correcta, pero fue suficiente para que varios referente de Juntos para el Cambio, entre ellos los presidentes del PRO y la UCR, Patricia Bullrich y Alfredo Cornejo, los dos casualmente de gira proselitista por Catamarca, rechazaran abiertamente la posibilidad de aunar criterios en un eventual espacio institucional. De modo que no se avizora, al menos en el corto plazo, chance posible de diálogo entre las fuerzas mayoritarias, lo que prolongaría indefinidamente lo que viene siendo hasta ahora y desde hace mucho tiempo.

Lo cierto es que la vocación de diálogo se proclama pero rara vez se practica en la política argentina. Tanto Mauricio Macri como Alberto Fernández se pronunciaron a favor de intercambios virtuosos de ideas como parte esencial de su gestión de gobierno durante las campañas electorales presidenciales que los erigieron como presidentes de la Nación, pero ni el referente de Cambiemos ni el actual mandatario se esmeraron demasiado, una vez en la poltrona presidencial, en hacer realidad aquella presunta convicción enunciada en las tribunas proselitistas.

Mauricio Macri eludió cualquier tipo de diálogo durante gran parte de su gestión, y solo flexibilizó su postura luego de la dura derrota que sufrió en las PASO de 2019. Fernández tuvo una breve etapa de apertura al comienzo de la pandemia, pero luego la distancia con los dirigentes opositores, incluso con los que tienen responsabilidad de gobierno, se agrandó notoriamente. Hoy, en debilidad luego del mal resultado que el Frente de Todos obtuvo en las primarias de septiembre, parece mostrar, a juzgar por las declaraciones de Massa, cierta flexibilización.

Un somero análisis político corrobora que no hay entre los principales referentes de las fuerzas hegemónicas en la política argentina, una verdadera vocación de diálogo. Es extraño: porque el diálogo maduro entre la dirigencia, no solo política sino también gremial, social o empresarial sobre los grandes problemas de la Argentina no solo es imprescindible para superar cualquier crisis, sino además porque es una estrategia convalidada por los argentinos. Es cierto que la grieta atraviesa el tejido social nacional, pero en términos generales la sociedad espera y apoya los gestos de acercamiento. Y los representantes elegidos por el pueblo tienen una responsabilidad mucho mayor que cualquier ciudadano, por lo que generar instancias de intercambio, y de esfuerzos para llegar a consensos mínimos sobre temas estratégicos, es un deber más que una alternativa a la que se puede apelar.

Promover el diálogo debe ser una actitud permanente, no una postura forzada por necesidades electorales.

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