Cara y Cruz

Declararse encima

miércoles, 13 de octubre de 2021 · 01:10

Queda en cada uno creer las retractaciones que ensayaron el ministro de Seguridad de la Nación, Aníbal Fernández, y su tocaya local, la diputada radical Juana Fernández. Ambos recularon al advertir la intensidad de las réplicas detonadas por declaraciones que hicieron sin considerar las responsabilidades que emanan de sus investiduras.

Fernández Juana dijo que el Gobierno ocultaba que en Catamarca circulaba la variante Delta del coronavirus, para desdecirse horas después, cuando el Ministerio de Salud la desmintió y anunció que le iniciará una causa penal. En realidad, aclaró, había querido decir Manaos.

Fernández Aníbal respondió a un tuit crítico del humorista Nik con otro tuit que el aludido interpretó como una amenaza mafiosa, porque el ministro revelaba saber a qué escuela asistían sus hijas. Aníbal pidió disculpas y aseguró que no había sido su intención amedrentar a Nik, quien de todos modos lo denunciará. El tuit del ministro desencadenó un alud de repulsas y el obvio pedido de renuncia por parte de la oposición, que no iba a perderse semejante papa.


Si bien las diferencias entre ambos casos son ostensibles, los emparenta la desaprensión de los declarantes respecto del impacto público de sus palabras, tanto por los cargos que ostentan como por el contexto en que las dispararon. 
Juana Fernández es una diputada de la oposición provinciana muy activa, dueña de una extensa trayectoria política en la cual llegó a ocupar cargos ejecutivos. No se trata de una novata, de modo que lo mínimo que puede requerírsele es prudencia cuando se refiere públicamente a asuntos que causan tanta zozobra como la peste. Es un tema delicado, inconveniente de abordar desde las meras impresiones.
Lo del ministro Aníbal Fernández es peor, porque se expide en un clima político tensionado por el rencor. Entiéndase bien, las aclaraciones son necesarias justamente por tan deleznables sentimientos: tal vez el ministro Fernández no abrigue rencor alguno, no odie, pero el puesto que ocupa lo obliga a la mesura.


El problema no es si sabe o no a qué escuela asisten las hijas de Nik, o de qué modo lo sabe. La cuestión es más seria: aunque no haya querido amenazar al humorista, lo marca como un enemigo y, como están las cosas, no puede descartarse que cualquier energúmeno interprete que sus palabras legitiman agresiones y escraches. 
Es un ministro, a cargo del área de Seguridad. De movida, mezclarse en un intercambio de tuits con un humorista parece una banalidad. 
Luego de las disculparse, como “un caballero” dado el sentido que Nik había atribuido a sus manifestaciones, insistió en que no lo había agredido y que con realidad es el humorista el que “nos vive agrediendo”.


¿Qué es esto? ¿El jardín de infantes? ¿Qué clase de ministro se enreda en tamaños disparates? ¿Qué volumen político tiene, en definitiva, Nik? ¿Tanto como para que el ministro de Seguridad se dedique a responderle los tuits? Como si faltaran dedos dispuestos a la tarea.
La trayectoria de Aníbal es más basta aún, en extensión e intensidad, que la de la catamarqueña Juana, así que cuesta suponer que no advierta que los aditamentos a sus disculpas no hacen más que alimentar la escalada. Alguno hasta podría pensar que busca precisamente eso, para desviar la discusión de senderos menos gratos para el Gobierno del que forma parte.
Pero darle manija a la pirotecnia del odio podría no ser gratuito. No son las intenciones de Aníbal las que deben considerarse, sino el efecto de sus conductas en un universo demasiado variopinto de personajes que ya saben a qué colegio van las hijas del que “nos vive agrediendo”.
La templanza es una cualidad deseable cuando se habla desde el poder, mucho más en coyunturas tan críticas como las que atraviesa el país. Habrá de convenir el ministro Fernández que Twitter no se caracteriza por ella.

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