CARA Y CRUZ

Cuando las papas queman

lunes, 11 de enero de 2021 · 01:04

En marzo, el confinamiento obligatorio dispuesto por la Casa Rosada para combatir el coronavirus desencadenó en todo el país una ola de rigorismo sanitario que alcanzó picos de grotesco notables. Catamarca realizó contribuciones antológicas al desenfreno del control sobre los movimientos ciudadanos, en un contexto en el que la delación cobró categoría de virtud cívica y el otrora deleznable “buchón” logró por fin su reivindicación como héroe de la época. 

Los intendentes, protagonistas centrales en la saga, entraron en una suerte de competencia por el cetro del más gendarme ¿Cómo olvidar los montajes que se ocupaban de viralizar por medios y redes sociales? Las escenificaciones del énfasis policíaco reemplazaron las clásicas y tediosas entregas de bolsones y subsidios, la distribución de barbijos se convirtió el símbolo emblemático de la justicia social.

Julio César, San Martín, Napoleón, Patton, Rommel… unos insignificantes yuyos en contraste con los jefes comunales devenidos en estrategas de la guerra contra la peste.

Se hacían fotografiar inclinados sobre los mapas extendidos de sus distritos mientras planificaban sofisticadas maniobras. Los más estrictos no trepidaron en alzar barricadas en los ingresos de sus distritos para mejor repeler el ataque de la insurgencia virósica. El asado fue tipificado como delito de lesa humanidad; la desarticulación de parrilladas clandestinas y la detención de perdularios de las achuras y el vino en caja con gaseosa se relató como el asalto al Cuartel Moncada o la toma del Palacio de Invierno, más si se producían en focos de infección letales como Laguna Blanca. Bajo la figura protectora del “Capitán Beto” Alberto Fernández, decretar la “ley seca” municipal fue el ápice del heroísmo y la prueba de más cabal de la disposición a inmolarse políticamente en la lucha por la salud pública. Los coroneles se uniformaron con el tapabocas y adoptaron el simpático choque de coditos como saludo o santo y seña. El colmo de la felicidad, lo más estimulante para la moral de la tropa: cuando el gobernador Raúl Jalil y la diputada nacional Lucía Corpacci visitaban los frentes de batalla más álgidos.


La refriega fue durísima, pero finalmente vino la derrota en el aspecto que más interesaba a los émulos del “Che” Barbijo: en lugar de asignarles la reducción de la incidencia del COVID-19 en Catamarca a sus méritos, la gente atribuyó el fenómeno a la Virgen del Valle, que ni alcohol en gel usa.

El asunto es que con el correr de los meses las impostaciones bélicas perdieron eficacia proselitista y se invirtió el sentido de la valoración social hacia ellas. El fenómeno local fue correlativo al que se desarrolló a nivel nacional, congruente con la toma de conciencia de que el encierro era insostenible como método. El clima político cambió, y con él la conducta de los veteranos del coronavirus. La veleta sigue al viento, ya se sabe.

Se asiste ahora a un inquietante rebrote de la peste, que en el caso particular de Catamarca es brote. Puede decirse que por primera vez la Provincia enfrenta una acechanza seria del virus. Hasta ahora era una isla en el país patologizado.


Hay otra diferencia significativa: el Gobierno nacional, sin resto político ni caja para instrumentar IFES o ATPS, ha delegado en las provincias e intendentes la decisión sobre las medidas profilácticas más adecuadas. Esto es: el impacto político de las disposiciones será asumido por las autoridades locales.

En el desmadre de reuniones sociales multitudinarias y violación de los hábitos de distanciamiento, ¿dónde están los rigurosos intendentes de marzo-abril? Sobre todo en las villas veraniegas, inundadas de jóvenes y adolescentes ¿Qué ha sido de su viejo espíritu beligerante?

Qué cosa. Justo viene a apagárseles el fuego sagrado de la autonomía cuando las papas queman y tienen que restringirle el esparcimiento a sus clientelas sin poder echarle la culpa al Capitán Beto o al Gobierno de la Provincia. n

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