CARA Y CRUZ

Ya no hay clases

lunes, 21 de septiembre de 2020 · 01:05

Se extrañan las clases sobre coronavirus que el profesor Alberto Fernández, en ejercicio de la Presidencia, desplegaba cotidianamente por cadena nacional.  Esta baja de su vocación docente coincide con una escalada de la peste en la Argentina que se sostiene a pesar de que la cuarentena lleva ya seis meses. Quizás esté pensando en el modo más didáctico de explicar que el esfuerzo demandado fue inútil.

El último informe marca más de 630 mil personas infectadas y ya se produjeron más de 13 mil muertes. El repliegue de Fernández de las pantallas empezó cuando le resultó imposible ilustrar sus exposiciones con buenas noticias sanitarias y comparaciones con otras regiones en las que la Argentina salía gananciosa. 


Esta ausencia de buenas noticias en el frente sanitario, que se ladea peligrosamente, se concatena con el ruinoso impacto que el confinamiento ha tenido en términos sociales, económicos, anímicos y educativos para ofrecerle un horizonte de fracaso, que se completa con la restauración de la grieta y el protagonismo cada vez mayor, como jefa, de su vicepresidenta, Cristina Fernández.
El entrañable Capitán Beto registra el impacto de su deterioro político y sabe que una mayor exposición en semejante contexto no hará más que agravarlo.

En lo que concierne específicamente a la pandemia, lo único que podría ensayar es una ucronía: si el 20 de marzo no se hubiera decretado la cuarentena, los muertos serían muchos más. 

Como la peste fue un imponderable, quizás ese relato podría tener algún sustento. El coronavirus podría resultarle también funcional en lo económico.

Uno de los mandatos que recibió de las urnas fue revertir el desastre legado por Mauricio Macri. No ha podido cumplir, si bien cerró el acuerdo para reestructurar la deuda con los acreedores privados y se apresta para las tratativas con el FMI, el derrumbe no se detiene, la devaluación espiralada lo obligó a endurecer el cepo cambiario y la inflación continúa rozagante.

Con todo, todavía tendría espacio para pretextar que revertir la herencia recibida era utópico con la inactividad que se vio empujado a mantener para preservar la salud pública.

En el otro mandato, que era reparar la fractura política entre kirchneristas y antikirchneristas, su fracaso no tiene justificación posible. Todo el capital político que acumuló en la primera etapa de la cuarentena lo jugó a favor de extremar la tensión entre el sector que encabeza su vicepresidenta y madrina, y una oposición en vías de reempinarse.

El último acto de estas maniobras fue la detracción de un punto de la coparticipación de la Ciudad de Buenos Aires, gobernada por el macrista Horacio Rodríguez Larreta, para que el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, resolviera el problema salarial con la policía.

Obviamente, con poca originalidad pues todos hacen lo mismo, atavió el movimiento con ropajes federales, pero su orientación política es clara: la provincia de Buenos Aires es el escaparate kirchnerista y el colapso de Kicillof sería demasiado gravoso para Cristina Fernández. En contraposición, Rodríguez Larreta es el único sobreviviente del naufragio macrista y afirma su figura.

¿Cómo armar con estos elementos una clase tan convincente como las del principio? Arduo trabajo para quien tuviera que confeccionar las filminas.

Mientras tanto, la peste se desboca y varios distritos orillan el colapso sanitario. 

Catamarca sigue con el freno puesto, sin víctimas fatales que lamentar, pero en el resto del NOA trepa los indicadores fúnebres.
Quizás al profesor Fernández se le quemaron los libros.n

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