EDITORIAL

Como esclavos

A la esclavitud en la Argentina la abolió la Asamblea del año 1813, tres años antes incluso...
domingo, 20 de septiembre de 2020 · 02:18

A la esclavitud en la Argentina la abolió la Asamblea del año 1813, tres años antes incluso de la declaración de la independencia nacional. Pero aún hoy, más de dos siglos después, hay personas que viven bajo condiciones muy parecidas a ese régimen de espanto, que le negaba a hombres y mujeres el preciado bien de la libertad.

La reflexión parecería una exageración, en el mejor de los casos, o una elucubración absurda, en el peor, si no fuera porque de tanto en tanto se detectan casos de este tipo, disfrazados de regímenes laborales que, está de más decirlo, nos respetan la normativa laboral en vigencia. Y en algunas situaciones la violan sistemáticamente.

Durante la semana que termina se conoció el caso de un hombre, de 32 años, llamado Oscar, que trabajaba, desde que era un niño, en un tambo en la provincia de Santa Fe. Estaba, como se dice habitualmente, “en negro” como lo está una proporción importante de los trabajadores rurales de este país. Según el Renatre (Registro Nacional de Trabajadores Rurales y Empleadores), el año pasado se detectaron 12.994 empleados mal registrados sobre 15.648 relevados. Pero además de las carencias propias de los trabajadores no registrados –no tenía, por ejemplo, ni obra social, ni aportes jubilatorios que le garanticen algún ingreso, por mínimo que sea, cuando tenga 65 años o más- Oscar padecía otras peores y más indignantes: no podía prácticamente salir del lugar donde trabajaba y vivía, no tenía días de descanso ni vacaciones, su jornada laboral era interminable y vivía en una precaria casilla sin baño, ni agua potable, ni heladera. 

Lo rescató el gremio que representa a los obreros rurales, la Uatre (Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores), que además viabilizó las denuncias penales correspondientes contra sus patrones. El delegado zonal del sindicato, Juan Flaherty, explicó que el hombre “estaba en muy mal estado, vivía en condiciones inhumanas. Dormía en un catre sin sábanas, entre unos bidones. Comía fideos con leche. No sabe leer ni escribir. No conocía el dinero, nada, pero él decía que el patrón le pagaba”.

La violación de las leyes cometidas por sus patrones, se entenderá, excede el ámbito laboral. De modo que el delito por el que fueron denunciados fue el de trata de personas con fines de explotación laboral. 

Realidad parecida viven en todas las regiones del país numerosas empleadas domésticas que prestan servicios cama adentro sin remuneración alguna, con el argumento, esgrimido por sus patrones, de que son “criaditas” a las que se les brinda, “generosamente”, techo y comida.

El Estado y los gremios tienen una función primordial en la tarea de control para que estos casos de trata de personas no se produzcan. Pero una parte de la responsabilidad recae también en toda la sociedad, que debe denunciar los casos que conozca, para que se haga justicia y para que se evite la reproducción de prácticas de explotación naturalizadas ancestralmente.

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