EDITORIAL

Hora de gobernar la pandemia

sábado, 19 de septiembre de 2020 · 01:02

A 200 días del primer caso positivo de Coronavirus en Argentina y a 6 meses de la cuarentena dictada por el presidente Alberto Fernández, la situación general del país no ha mejorado en nada; por el contrario, se ha agravado en todos los órdenes. 

En efecto, desde el punto de vista sanitario, Argentina es hoy uno de los 10 países en el mundo donde se produjo mayor cantidad de contagios de Covid-19 y, con más de 12.500 muertes, ya superó a Chile en cantidad de víctimas. Y eso, por cierto, pese a ostentar una de las cuarentenas más extensas y estrictas del planeta.

En el plano económico, un informe de la ONU estima que el PBI del país caerá entre 8,5 y 10% en 2020 y según el control que el Gobierno haga de la pandemia. Como sea, se trata de un derrumbe histórico, peor que el de la crisis de 2001. 

Un relevamiento realizado por el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, estima que en el segundo trimestre se perdieron 950.000 puestos de trabajo, que la pobreza aumentó en 4 millones de personas (pasó de 14,5 a 18,5 millones de personas) y la indigencia sumó un millón más (de 3 a 4 millones). 

Además, se duplicó la cantidad de personas que pasan hambre, en un porcentaje que va del 7,5 al 14. Por otro lado, Unicef Argentina proyecta que, a fines de 2020, el 62,9% de los chicos del país será pobre. 

La inseguridad alimentaria severa -reducción de dieta con eventos frecuentes de hambre en los hogares- habría pasado de 7,5% a 14%, de acuerdo con los datos de la UCA.

En suma, todos los indicadores sociales y económicos del país tienen pronósticos catastróficos, y la única esperanza de frenar este derrumbe es el alumbramiento de la vacuna contra el Coronavirus; no solo eso, también se depende de que su producción sea ágil y eficiente, que llegue pronto al país y que sea accesible a todos.

Mientras tanto, el Gobierno nacional y los gobiernos provinciales tienen el enorme desafío de gestionar la pandemia. Esto es, de administrar con inteligencia, sensatez y sensibilidad la vida de los argentinos en esta crisis sanitaria.

Porque dados los pronósticos de aquellos estudios, las consecuencias socioeconómicas serán mayores y mucho más profundas que lo que hasta ahora arrojó el virus. 
Y esto implica que el gobierno de la pandemia sea esencialmente racional. Que la protección de la salud no implique la destrucción de hogares por la pérdida de trabajo, o, peor aún, la pauperización de la niñez, su mala alimentación -que es mala salud futura- y la aniquilación de su porvenir. 

Implica administrar las cuarentenas intermitentes -cambios de fase según la situación epidemiológica- sin alterar las pequeñas dosis de “normalidad” que se les dio a las empresas, comercios y a los ciudadanos en general, para que puedan trabajar y circular con los cuidados de rigor.

Porque una fábrica no puede cerrar de un día para el otro y congelar la producción; un bar no puede suspender todas las semanas a sus empleados y tirar los insumos a la basura. La libertad de las personas no puede ser la moneda de cambio de los desajustes de la política sanitaria. 

No se trata, en definitiva, de liberar todas las actividades como si la salud de la población no estuviera en peligro, sino de gestionar la crisis sin herir más profundamente al país que solo vive de lo que hace cada día.

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