mirador político

El cónyuge tóxico

domingo, 12 de julio de 2020 · 01:10

El desembarco del coronavirus tras cien días en el limbo de la inmunidad reavivó polémicas por las responsabilidades. Los géneros seleccionados por los polemistas pueden variar, pero reconocen como denominador común la intención de descargar las culpas por los infortunios exclusivamente en el lomo del prójimo, humana costumbre muy eficaz para atenuar cargos de conciencia, aunque por lo general se use para evitar la incómoda revisión de conductas propias.

Asistió Catamarca en esta primera semana de virginidad virósica perdida a la reposición de comportamientos ya transitados en los albores del encuarentenamiento: maniobras detectivescas para identificar apestados, seguidas por patrullajes para marcarles los domicilios y delaciones exponenciales a través de las redes sociales; militarización y clausura de fronteras municipales dispuestas por intendentes ávidos por disputarle el circense cetro de vigilante mayor al secretario de Seguridad bonaerense Sergio Berni, genio y figura; augurios de apocalipsis sanitario inminente; falsificación de partes oficiales con datos alarmantes sobre la evolución del bicho; apelaciones a la protección de la Virgen del Valle y el beato Fray Mamerto de fervor similar a los agradecimientos que se les prodigaban antes del arribo de la peste por una castidad que relucía en la generalizada pandemia. 
Que el Gobierno no nos cuidó lo suficiente, que los irresponsables vinieron a jorobarle la vida a uno –que de tan responsable hasta se ducha con barbijo-, que al final los puestos camineros eran un colador, que los datos del “corona-cero” eran falsos, que nos confiamos demasiado y que la mar en coche. 

Un catálogo de síntomas de histeria, en fin, desplegado sin considerar que la advertencia oficial de que el COVID-19 llegaría en algún momento fue insistente a lo largo del invicto, lo mismo que las recomendaciones sobre la necesidad de adoptar los hábitos profilácticos establecidos para reducir el margen de contagios.
Tales consignas sintonizaban con el discurso nacional. El confinamiento de la Casa Rosada tenía el doble objetivo preparar el sistema de salud pública para evitar su colapso en el pico de las infecciones e internalizar socialmente las conductas preventivas, precisamente para tratar de que el pico no fuera tan pico.

En Catamarca, la preparación del sistema de salud pública tiene su emblema en el hospital monovalente “Carlos Malbrán”. Sortear el colapso depende de mantener la evolución de los contagios en niveles razonables.

Tensión
La suposición de que Catamarca podía mantenerse indefinidamente al margen de la peste global era una excrecencia de pensamiento mágico que conviene erradicar. 
El virus ha llegado y habrá que convivir con él incluso luego de que se descubra la vacuna y que la situación sanitaria se estabilice. Es como un cónyuge tóxico del que resulta imposible divorciarse, de modo que es preciso adaptarse a las circunstancias.

Que la demora en la infiltración haya relajado la vigilancia es tan probable como comprensible. Mantenerse en alerta roja exige esfuerzos anímicos considerables, agotadores. 
Las alharacas que sucedieron al “caso cero” pueden clasificarse en dos grandes categorías, con sus matices. Una exige exacerbar los controles para detectar y sancionar insurgentes sanitarios; la otra, que la sociedad extreme las precauciones. 

Estos procederes no son excluyentes, sino complementarios, pero exponen una tensión. Mientras menor sea el disciplinamiento social voluntario, mayor será la necesidad de un control estatal. 
En tal línea de razonamiento, el esfuerzo colectivo en pos de la prevención no solo angostará el espacio para que el virus prospere, sino también, y sobre todo, para no caer en un Estado ultrapolicíaco. 

Semejante alternativa es, además de indeseable, imposible, y por otro lado demandaría destinar al sistema de vigilancia sanitaria recursos humanos y económicos que necesariamente deberían distraerse de otras funciones del Estado, por no hablar de las lamentables actitudes que suelen acompañar estos extremos, con el encumbramiento de la alcahuetería como virtud cívica y la estigmatización a la cabeza.

Círculo vicioso 
El debut local del coronavirus visibilizó más un círculo vicioso. Sobreactuaciones como las de los intendentes alzando barricadas de escombros en los accesos a sus comunas retroalimentan el alarmismo de esa parte de la sociedad que está en la cornisa del pánico o sucumbe a él, rastrojo en el que florecen los canallas “pogroms” de apestados. 

Las exageradas reacciones de los caciques comunales no hacen más que darle la razón a los aterrorizados y son contradictorias con el mensaje de mesura que pretenden trasmitir las autoridades provinciales.
Un incidente condensó los absurdos que pueden precipitarse en este contexto. 

Con grandes aspavientos, siete jóvenes fueron detenidos por celebrar un asado en el que ingerían bebidas alcohólicas. Unos irresponsables de marca mayor, sin dudas, sobre los que debe caer todo el peso de la ley por poner en riesgo la salud y la vida de sus congéneres, habrase visto. 

El rigor del juicio, sin embargo, debería relativizarse con un detalle: el banquete, de falda y achuras regado con vino común y gaseosa económica, se celebraba en Jacipunco, distrito belicho que ronda los 300 habitantes. Como percutor de una disparada epidemiológica, ha de convenirse que representaba un riesgo bastante menor que el de una asamblea en la que los municipales capitalinos evaluaron la posibilidad de interrumpir la recolección de residuos, contra la que curiosamente no se realizó operativo policial o judicial alguno.

Un Estado ultrapolicíaco es campo propicio para el ejercicio del autoritarismo y la arbitrariedad. Los beneficios de asumir colectivamente las medidas de prevención no se circunscriben al campo sanitario. El coronavirus interpela no solo a la salud, sino también, y sobre todo, a la sensatez. 

 

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