CARA Y CRUZ

Esfuerzo colectivo

Si bien el desembarco del coronavirus en Catamarca tras más de un centenar de...
viernes, 10 de julio de 2020 · 01:17

Si bien el desembarco del coronavirus en Catamarca tras más de un centenar de días de invicto desencadenó previsibles sobreactuaciones políticas, con los intendentes una vez más como protagonistas, es elemento incontrastable que la desidia contribuyó también a la disparada de contagios. La extendida demora de la peste llevó al exceso de confianza y el respeto por los protocolos preventivos se relajó, conducta que lubricó la escena para la propagación de la enfermedad.
La llegada del COVID-19 a la provincia, se advirtió con tediosa insistencia, era indefectible, y lo único que podía hacerse era extremar los recaudos para reducir sus daños. Está por un lado la preparación del sistema de salud pública de la provincia, que el Gobierno asegura es la adecuada poniendo al hospital monovalente “Carlos Malbrán” como ejemplo. 

Evitar el colapso depende ahora en gran medida de que la sociedad internalice los hábitos higiénicos establecidos. Incluso cuando la vacuna alumbre habrá que convivir con la nueva patología, de modo que conviene hacerse a la idea de incorporar la profilaxis a las costumbres: uso de barbijo y alcohol en gel, frecuencia en el lavado de manos, distancia, evitar reuniones numerosas y apiñamientos. En resumidas cuentas: no exponerse al cuete. En este momento, el más crítico, asumirlo acelerará el proceso para poder retornar a una relativa normalidad.
El Gobierno, por supuesto, debe hacer su parte, que incluye sancionar con el mayor rigor las imprudencias, pero tampoco es razonable, ni deseable, ni posible, establecer un Estado policíaco que esté permanentemente a la pesca de renuentes al tapabocas.

Al indagar sobre la cadena de contagios del caso inicial, se descubrió, por ejemplo, que uno de los infectados había participado de un asado muy concurrido el fin de semana, cuando ya regía el retorno a la fase 1 del enclaustramiento. Tal proceder obligó a poner con las barbas en remojo a todos los que habían participado del desaprensivo festejo hasta que pueda determinarse si pillaron o no el ladino bicho, cosa que lleva su tiempo pues, como se informó, no basta con un análisis realizado poco después de haber estado expuesto para descartar el contagio.
Incidentes como este son el abono para el desenfreno de las propensiones controladoras de una parte de los gobernantes que parecen estar en su salsa cuando se les presenta la ocasión de militarizarse, epígonos del secretario de Seguridad bonaerense Sergio Berni.
La aparición del virus los puso nuevamente en campaña y volvieron clausuras de ejidos municipales, con aparatosas barricadas incluidas, y sobreactuación de disposiciones cuya eficacia epidemiológica es dudosa, pero tienen un efecto pernicioso seguro: retroalimentan una histeria colectiva que se canaliza a través de estigmatización de contagiados, escraches, delaciones y viralización de información falsa por las redes sociales. El alarmismo oficial confirma los alarmismos personales.

Estas escenificaciones municipales son contradictorias, además, con el mensaje de serenidad que pretende bajar el Gobierno para acotar el pánico.
Pero todo sería mucho menos circense y peligroso si se asumiera una actitud prudente. El virus es letal en personas mayores e inmunodeprimidos. Es muy raro que mate a personas que no están en alguna de estas categorías.
Sin embargo, cuidar esos grupos de riesgo implica no solo no arrimarles uno, que capaz es asintomático, el virus, sino también hacer todo lo posible para que el sistema de salud pueda atenderlos llegado el caso, para lo cual también hay que evitar enfermarse.
El esfuerzo preventivo colectivo y voluntario reducirá el margen a los autoritarismos. Es tan simple como eso.n

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