EL MIRADOR POLÍTICO

El fetichismo del confinamiento

domingo, 7 de junio de 2020 · 01:05

La corrosión de la cuarentena petrificada se trata con dosis de grieta cada vez menos homeopáticas: con Macri hubiéramos estado peor.
Proporciona eficacia a la ucronía el lamentable desempeño del expresidente, que condujo la catástrofe económica y social del país a la cornisa del apocalipsis, y el carácter inédito de la pandemia globalizada, que envuelve en incertidumbres su evolución histórica. Lo frondoso de tales incertidumbres no impide, sin embargo, que se cuelen algunas certezas.
Una, a la que se aferra la Casa Rosada, es el espiral de muertes desencadenado por gobernantes que subestimaron o ignoraron la peligrosidad del virus, más impactante por el carácter fantochesco de los paradigmas Donald Trump y Jair Bolsonaro.
La otra, que subestima o ignora por su parte, es el indefectible desplome de una economía en coma inducido y extendido de manera sistemática.
Para eludir explicaciones sobre el modo en que superará el derrumbe, el Gobierno remoza la vieja y querida grieta, cuya fertilidad para arrojar dividendos a sus cultores parece ser tan infinita como la cuarentena debido a la imposibilidad de proponer matices a los extremos. Ahora la antinomia se formula cuarentena vs. anticuarentena. Hay que tomar partido y que Dios elija los suyos.
La sacralización del Estado se erige sobre la demonización, justificada o no, de megaempresarios y multimillonarios como Paolo Rocca, pero omite un detalle. La destrucción económica no se concentrará en esos enemigos convenientemente seleccionados, sino en los pequeños y medianos empresarios condenados a la quiebra colectiva.
El razonamiento que concluye en la perpetuación del confinamiento es defectuoso. Los megaempresarios y multimillonarios son los acusados de fugar divisas masivamente y desfinanciar de este modo al Estado nacional. Son la pequeña y mediana empresa, los pequeños y medianos productores y los trabajadores autónomos los que contribuyen al fisco y sostienen con su aporte al Estado, además de, por supuesto, el impuesto al valor agregado que todo cristo abona en los precios disparados mientras se licua el poder adquisitivo.
Los megaempresarios y multimillonarios zafarán con el sencillo trámite de alzar los bártulos, mientras el inmenso resto perece en el previsible tsunami generado por el empecinamiento en mantener encuarentenada la economía indefinidamente.
El Estado se desfinanciará, se reducirá aún más su capacidad para dar respuestas y financiar los emolumentos de quienes están chochos con la cuarentena porque les depositan el sueldo todos los meses y no tienen que integrar ingresos con la actividad diaria. Los privilegiados seguirán siendo privilegiados y quedará el campo orégano para que los pescados grandes se coman a los chicos a precios módicos.
Este horizonte es cada vez más nítido.

Otra vuelta

En el anuncio de otras tres semanas de parálisis acaudillado por el presidente Alberto Fernández, fue notorio lo que duró la exposición del gobernador bonaerense Axel Kicillof para explicar por qué no afloja en la misma medida que el jefe de gobierno de la CABA, Horacio Rodríguez Larreta. Proyecciones hacia el litigio electoral. Atormentan ya a los líderes políticos los eventuales impactos en las urnas de la pandemia.
El encierro, sensatamente, se determinó con el objetivo doble de preparar el sistema sanitario para la demanda desbocada del coronavirus e internalizar en la sociedad los hábitos preventivos para aminorar el riesgo de contagios, en la comprensión de que el enclaustramiento tenía un límite. Tres meses no han sido suficientes para el área metropolitana bonaerense.
Kicillof se niega a flexibilizar porque teme un colapso fúnebre que diluya su potencial crecimiento. Resiste la embestida de los intendentes tendiente a abrir el juego económico y, con sus padrinos de la Casa Rosada, sigue con atención el desarrollo de los acontecimientos en CABA, pues un desenlace exitoso ahí al mando de Rodríguez Larreta podría ser el estribo para la recuperación opositora en los comicios de medio término.
Es en este marco más que probable que los criterios epidemiológicos hayan comenzado a ceder frente a los electorales, pues en el desempeño de Kicillof cifra sus expectativas el kirchnerismo duro.
Conviene considerarlo, pues la cuarentena tiene una funcionalidad innegable para el control y disciplinamiento de la conducta de la ciudadanía, sueño dorado del político.
Pero no hay astilla peor de que la del mismo palo y al gobernador le ha reaparecido un crítico inesperado. El exsecretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, caracterizado energúmeno, le metió el dedo en la llaga.
"Un ministro de Economía que no pasó por el sector privado no puede estar en el público. Kicillof, por ejemplo, nunca fue gerente de ninguna empresa. Lo máximo que tuvo fue un café, que en 2001 lo tuvo que cerrar porque quebró. Me lo dijo él a mí y después nunca más trabajó", dijo.
Tal es el nudo del asunto: ignorar o subestimar el demoledor efecto que tendrá el confinamiento sobre el café de Kicillof. Capaz que no tenga más remedio que vendérselo a Starbucks o una cadena por el estilo.
El “Capitán Beto” Alberto Fernández, mientras tanto, ha tomado nota de la gravitación psicológica de sus enclaustramientos. “Hablé con científicos que nos asesoran y creímos que era mejor fijar una regla a más largo plazo para terminar con la ansiedad que ocurre cada quince días. Ahora tenemos una lógica clara para asumir lo que se viene", explicó.
La cuarentena argentina llegará a 101 días.

Ilusión

El sometimiento a un régimen disciplinario de tipo escolar es intolerable. Las directivas del poder, impartidas con ademán paternalista, incrementan su carácter irritante con el correr del tiempo. Para los fanáticos, sin embargo, cualquier objeción a la infalibilidad que atribuyen a Fernández, por mínima que sea, es anatema. Se afianza el fetichismo del confinamiento. En los sectores más devotos ha dejado de ser un dispositivo circunstancial de prevención y es ya un fin en sí mismo.
El encierro abona la ilusión del control absoluto sobre los acontecimientos. Un imposible, como se encargan de confirmar los derrumbes económico y anímico que el oficialismo busca neutralizar con otro encierro: la estimulación de la grieta.

 

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