Editorial

La guerra del cerdo

En "Diario de la guerra del cerdo", su cuarta novela, el escritor argentino Adolfo Bioy Casares...
domingo, 5 de abril de 2020 · 01:09

En "Diario de la guerra del cerdo", su cuarta novela, el escritor argentino Adolfo Bioy Casares narra la historia de la persecución que los jóvenes emprenden contra las personas "viejas". La historia transcurre en el barrio de Palermo, en Buenos Aires. La "cacería" dura solo quince días, y luego todo vuelve a la normalidad. Es ficción, claro, pero la novela intenta describir "fue publicada en 1969- la situación de marginalidad creciente que la sociedad moderna le adjudica a los ancianos. 

El coronavirus enferma a todos por igual, pero las víctimas fatales son, en una enorme proporción, mayores de 70 años. En aquellos lugares donde la pandemia hace estragos, donde los respiradores no alcanzan para todos, los viejos son "descartados": se prioriza la atención a los jóvenes, porque tienen toda la vida por delante. 

En Italia, los viejitos desahuciados mueren tirados en un colchón, solos, sin asistencia. La propia Sociedad Italiana de Anestesia, Reanimación y Terapia Intensiva informó que el criterio que rige es el de darle prioridad a quien tiene más probabilidades de supervivencia”. En los Países Bajos, los ancianos con coronavirus ni siquiera son llevados a un centro de salud.

En todo el mundo, el debate sobre la reactivación de la economía en un proceso gradual de vuelta a la normalidad, sitúa en un lugar privilegiado del debate la situación de los ancianos. Aunque no lo digan abiertamente porque evidenciaría una conducta cruel e inaceptable, los que están a favor de prender nuevamente los motores de la producción, de activar el comercio y los servicios, son conscientes de que favorecerá la propagación del virus y será letal para millones de ancianos. 

Se trata de un dilema tremendamente difícil de resolver: imposible determinar qué opción causará más bajas en el largo plazo, si el avance de la enfermedad o una previsible depresión económica, inédita desde la crisis de 1929, si la cuarentena casi global se extiende varios meses. Los viejos o los pobres.

Paradójicamente, el aislamiento obligatorio ha logrado visibilizar el importante rol doméstico que cumplen los adultos mayores: por ejemplo, el cuidado de los nietos, mientras los padres de esos niños trabajan. Si los abuelos deben aislarse para preservar su salud, ¿quién cumple esa función?

La pandemia, sin embargo, amenaza con potenciar lo que se denomina el edadismo (discriminación contra personas en razón de su edad avanzada), que aún en tiempos de normalidad constituye, según algunos estudios, la mayor forma segregacionista, por encima del racismo o la homofobia, por ejemplo. 

Surge, entonces, una pregunta inquietante: ¿Cuántos ancianos está dispuestos a sacrificar el mundo para volver a la normalidad económica global? No hay, desde el humanismo, respuesta posible a tan cruel interrogante. El mundo, después de la amenaza del coronavirus, deberá generar las estrategias de inclusión de las personas mayores para evitar, en el futuro, enfrentar el dilema.

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