jueves 2 de febrero de 2023

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CARA Y CRUZ

Mercado negro

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Por Redacción El Ancasti

El desabastecimiento de cigarrillos produjo una reacción que prefigura lo que ocurrirá indefectiblemente con otros productos, incluidos los de primera necesidad, si la economía no empieza a salir del encuarentenamiento preventivo: se formó un mercado negro, con precios arbitrarios y exento del control de la autoridad pública.   
El contrabando de cigarrillos nunca dejó de ser productivo, pero se potenció con el coronavirus al punto de que los contrabandistas lo prefieren al de drogas, que se puso mucho más difícil debido a los controles por la emergencia sanitaria. 
Hacen los pillos una cuenta sencilla: si son atrapados con estupefacientes, van presos; con el tabaco zafan con una multa. 
Encima, el fin de semana comenzó a agudizarse la escasez y los fumadores tienen serias dificultades para obtener no ya su marca preferida –privilegio de “bon vivant” a esta altura- sino el más modesto de los tabacos para armarse unos pitillos aunque sea con papel higiénico. En Catamarca, los viciosos andan que se las pelan tras unos paquetes y con tal de hacer durar lo que tienen se fuman hasta los filtros.

Pero a la ocasión la pintan calva. Algunos astutos tuvieron la previsión de acopiar atados y los venden por las redes sociales a precios superiores a los 500 pesos, con tendencia al alza. Lógica económica estricta: mientras haya quien demande, habrá quien ofrezca, y si el bien requerido es escaso, su precio sube de acuerdo a la desesperación del cliente.
El ejemplo más postulado cuando se quiere ilustrar esto es el de la “ley seca” en los Estados Unidos. La prohibición de comercializar alcohol impuesta en la década del ’20 propició un mercado clandestino en el que los traficantes cobraban lo que se les ocurría por los ricinos más deplorables, incluso ponzoñas funestas. Al Capone es el más emblemático de los “gángsters” de la época.
En los municipios que han prohibido la venta de alcohol por la pandemia –no se sabe en qué contribuye esto a la prevención del COVID-19, pero lo han hecho- ya se venden las botellas clandestinamente, mucho más caras, obviamente, sobre todo en horarios nocturnos. 
Por supuesto, lo que ocurre con los cigarrillos está muy lejos de algo semejante, pero es un síntoma. 

Otros productos menos prescindibles comienzan a escasear y sus precios se van a las nubes sin posibilidades de ponerles freno por mucho que se empeñen las autoridades en promocionar “precios cuidados”.
¿Qué “precios cuidados” pueden imponerse a repuestos de maquinarias que la producción precisa para trabajar? Sencillamente no se consiguen en el mercado oficial, pero si en el negro, y al costo que al oferente se le antoje. Esto ya está ocurriendo.
Lo mismo puede señalarse en el rubro medicamentos, por caso. 

Otro aspecto del fenómeno tiene que ver con la salud pública. 
Como se sabe, la única forma de atenuar el parate al que está sometida que ha encontrado la actividad gastronómica, y con pronóstico reservado, es el de los envíos a domicilio, más conocidos en estos globalizados tiempos como “delivery”. 
¿Qué controles, bromatológicos o de cualquier tipo, se realizan sobre estos productos? 
No es cuestión de privar a los empresarios de la gastronomía de la única salida que tienen para intentar sobrevivir, pero la pregunta resulta obvia, sobre todo si se considera que la necesidad de bajar costos es mayor que nunca.
Lo de los cigarrillos es un emergente. Siempre la necesidad genera la oferta; y mientras mayor la necesidad, mayor el margen de discrecionalidad de quien ofrece. 
La política oficial contra la peste no puede reducirse a anunciar cada 15 días la extensión de la cuarentena.n

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