lunes 6 de febrero de 2023

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Editorial

Hacia un sistema potente

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Por Redacción El Ancasti

Entre las muchas transformaciones que traerá la pandemia actualmente en curso se encuentra el de la organización del sistema sanitario. La emergencia que vive el mundo por el coronavirus ha sido propicia para la constatación colectiva de la importancia que tiene el Estado en todos los órdenes de la vida social, también por cierto en la organización de la salud.
El momento ha demostrado que la creencia de que el mercado todo lo regula y que el Estado tiene apenas una función subsidiaria es errónea. Si en épocas de “normalidad” el mercado se ha mostrado incapaz de garantizar inclusión, justicia social e igualdad en el ejercicio de los derechos individuales y colectivos, con más razón en instancias de excepcionalidad.

Según datos aportados por Francisco Leone y Rodolfo Kaufmann, en su trabajo “Financiamiento subsectorial del sistema de salud por niveles de atención”, publicado el año pasado, el sistema privado de salud, son contemplar a las obras sociales estatales o sindicales, atiende al 9% de la población. El sistema de seguridad social atiende al 54% de la población a través del financiamiento de aportes y contribuciones del régimen salarial formal. Finalmente, el sistema hospitalario estatal, financiado con los presupuestos de Nación, provincia o municipios, atiende al 37 % de los argentinos que no tienen cobertura, pero, además, a un porcentaje no estimado con precisión de personas que sí tiene cobertura y sin embargo, por distintas razones, entre ellos el nivel de excelencia de algunos hospitales y médicos. 

A riesgo de ser esquemáticos, los tres sistemas de atención mencionados atienden a franjas poblacionales según su capacidad económica: altos ingresos, ingresos medios y bajos ingresos. Aunque, como ya se apuntó, el hospital público suele atender a todos los sectores en determinadas circunstancias. 
Sin embargo, en tiempos de emergencia como los que vivimos, es el Estado el que financia y gestiona las estrategias de prevención y tratamiento de las enfermedades; en este caso, el coronavirus. De modo que desfinanciar a la Salud Pública, o degradarla de Ministerio a Secretaría implica recorrer un camino contrario a las necesidades de la gente, tanto en momentos de normalidad como de excepcionalidad.

La conformación de un sistema de salud pública potente, capaz de garantizar una prestación eficiente, se torna, a partir de la pandemia en curso, una necesidad más imperiosa que nunca. No solo para enfrentar con éxito los males que portan los virus y las bacterias, sino también los que provienen de la pobreza, a las que se combate también todos los días. Como señaló el doctor Ramón Carrillo, el primer ministro de Salud que tuvo la Argentina, que ejerció ese cargo entre 1949 y 1954 y que mucho hizo para fortalecer la salud pública: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”.


 

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