lunes 6 de febrero de 2023

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OPINIÓN

Entender la pandemia para abordar la acción climática

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Por Redacción El Ancasti

La crisis del COVID-19 ha sacudido las bases de nuestra vida en sociedad y de la economía mundial. Las agendas públicas a todo nivel están dominadas por la pandemia, que se ha convertido en el tema excluyente de atención global opacando a cualquier otro, cambio climático incluido.
Sin embargo, los impactos del COVID-19 languidecen al compararlos con los del cambio climático. La ONU estima que esta pandemia generará mundialmente en 2020 al menos 1 billón de dólares en pérdidas económicas. Considerando los magros esfuerzos actuales para combatirlo, hay proyecciones que sugieren que el cambio climático generaría 600 billones de dólares en pérdidas hasta 2100. Es decir, el equivalente a 7.5 crisis de coronavirus por año, por los próximos 80 años, solo considerando el impacto económico.
Así y todo, hay elementos en el abordaje de la pandemia de los que debemos aprender para llevar adelante efectivamente la acción climática; es decir, el conjunto de compromisos estratégicos, globales y multisectoriales para preservar los sistemas de soporte vital que hacen que nuestro planeta sea habitable.
En primer lugar, el grado de cooperación requerido. Hacia fines de marzo, 100 países habían dictado cuarentenas localizadas o nacionales, lo que resultó en la disrupción sin precedentes de la rutina, el desplazamiento y la economía de miles de millones de personas que debieron aislarse y construir una nueva normalidad. Alcanzar las metas de cambio climático supone también un esfuerzo coordinado a gran escala, individual y colectivo, para construir un nuevo paradigma, una nueva normalidad en el consumo de bienes y servicios, y una transformación cultural hacia un sistema económico circular donde primen la reducción, la reutilización y el reciclaje de recursos.
En segundo lugar, la importancia de tomar decisiones contundentes y a tiempo. En las últimas semanas se ha cuestionado la capacidad de muchos gobiernos para tomar medidas, tanto preventivas como de gestión de crisis, que evitaran cuellos de botella, la saturación de los sistemas de salud, pérdidas irreversibles y daños económicos graves. En el caso del cambio climático, el problema no es distinto, aunque las dilaciones e indefiniciones se han extendido no por tres meses sino por casi tres décadas, desde la primera conferencia de Naciones Unidas sobre ambiente y desarrollo, Río ‘92. Desde entonces, los más ambiciosos compromisos asumidos por los países bajo el Acuerdo de París en 2015 cubren solo un tercio de las reducciones en las emisiones necesarias para mantener al mundo por debajo de 2°C.
En este sentido, y en tercer lugar, la voluntad y determinación políticas para implementar un plan coordinado y ambicioso, a la altura del desafío. Tanto en el caso del COVID-19 como del cambio climático, existen las tecnologías para contenerlos. Por un lado, tests de diagnóstico, respiradores, unidades de terapia intensiva; por otro, energías renovables, captura y secuestro (y utilización) de carbono, baterías, mecanismos de mercado. Faltan los incentivos y el liderazgo para desplegarlas.
En cuarto lugar, la vulnerabilidad de ciertos grupos. Así como esta pandemia representa un riesgo mayúsculo para adultos mayores y personas inmunodeprimidas o con ciertos problemas de salud preexistentes, el cambio climático ya afecta en mayor medida a poblaciones vulnerables, expuestas a sequías e inundaciones, inseguridad alimentaria, migración forzada, conflictos geopolíticos, y no una sino múltiples crisis sanitarias. Así, el cambio climático amenaza los últimos cincuenta años de progreso en materia de desarrollo, salud pública y reducción de la pobreza.
Finalmente, la salida de la crisis del COVID-19 exige, por un lado, resolver la recesión a la que la economía mundial se encamina; y, por otro lado, repensar el trabajo, los desplazamientos, la salud pública y la interacción social. Ambas cuestiones deben abordarse en clave climática. Las medidas y políticas “verdes” deben profundizarse, acelerarse y expandirse. En Europa, sectores políticos, empresariales, sindicales, académicos y ONG se han pronunciado pública y recientemente en esta línea. Este clamor y compromiso por la acción climática deben propagarse al resto del mapa, rápidamente. Porque la simple y enorme enseñanza de esta pandemia es que la solución a las crisis vitales que sacuden nuestra civilización es indefectiblemente colectiva.

María Alegre

MAGÍSTER EN ADMINISTRACIÓN PÚBLICA. ESPECIALISTA EN ENERGÍA Y AMBIENTE.

 

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