sábado 6 de julio de 2024
CARA Y CRUZ

El guadañazo póstumo

Por Redacción El Ancasti

De entre todo lo que se escribió y se dijo sobre Diego Armando Maradona, vale la pena detenerse en “Murió de amor”, de Cherquis Bialo. Retrata a un hombre estragado por la soledad y la tristeza, incapaz en el ocaso de discriminar en su entorno entre el afecto genuino y los vínculos interesados y avariciosos. El abstracto y anónimo “amor del pueblo” no podía, dice Cherquis Bialo, llenar ese espantoso vacío, que destrozó su espíritu indómito antes que su cuerpo.
El más humano de los dioses, lo definió certero Eduardo Galeano. 
También un gran negocio, conviene recordar, que no habrá esto de impugnar el legítimo dolor de las multitudes huérfanas, que lloran desconsoladas a quien las reivindicó a puro corazón y entrega.


Porque a ese hombre inmenso, quizás el único que consiguió ser mito en vida, que rompió todos los moldes, el poder argentino lo despidió con la injuria de convertir sus funerales en insumo de la insaciable grieta. Guadañazo póstumo, más canalla que el que pueda haberle aplicado cualquier rival en las canchas.
Demagogos manipuladores del luto popular por un lado, imbéciles pregoneros de la moralina y fiscales de la vida ajena por el otro. Las apariencias engañan: ambos extremos son indispensables y complementarias piezas de la misma hipocresía. Cada uno predica para su público en un peligroso juego de desenfrenar pasiones.
También un negocio, pobre Maradona. Hasta el sepulcro lo exprimieron, aunque habrá tenido, ojalá, el consuelo de poder distinguir a quienes lo amaron incondicionalmente de los angurrientos jotes.
El velorio terminó como debía terminar. Incidentes violentos, invasión a la Casa Rosada, destrozos y el tan habitual como grotesco intercambio de imputaciones entre los caciquejos de la fractura en un mezquino poroteo de utilidades. 


El ministro de Interior Wado de Pedro reclama al jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, que pare “la locura”. 
El Gobierno porteño recuerda que la organización del operativo de seguridad estaba a cargo de la Nación, mientras el antikirchnerismo se apresta para sacar tajada del desborde. 
La Casa Rosada explica que fue la familia de Maradona la que resolvió terminar con el velorio antes de que terminaran de pasar todos los que querían darle el adiós al ídolo. El presidente Alberto Fernández se ataja y dice que si él no organizaba las exequias “hubiera sido peor”.
La farsa continuará. Especulaciones macabras después de haber estimulado la concentración en la Plaza de Mayo para esperar el ingreso por turnos a la capilla ardiente, ya olvidadas las alarmadas recomendaciones sanitarias de la pandemia
Del otro bando esperaron la aglomeración para empezar con el retintín de las transgresiones al distanciamiento social y el despropósito de que se habilitara la manifestación pero no se abran las escuelas. El caos fue un regalo inesperado para los adalides de los buenos modales: ni la Casa Rosada está en condiciones de proteger el incompetente Gobierno nacional.

El poder argentino despidió a Diego Armando Maradona con la injuria de convertirlo en insumo de la insaciable grieta


Las obvias preferencias políticas de Diego Maradona hacían superfluas las operaciones de apropiación facciosa. Pero solo iba morirse una vez y nadie como él podía garantizar tamaña taquilla. Fue más fuerte el impulso de acicatear rencores, arroparse en la popularidad del muerto y provocar al enemigo. 
Los antagonistas salieron de todos modos bastante hechos con el previsible resultado de la irresponsabilidad oficial, neutralizados como estaban para usufructuar la memoria del astro.
Cada cual hará sus cuentas para el tanteador provisorio, mientras maquina nuevas mistificaciones.
Ha muerto Diego Armando Maradona. Un pueblo lo llora sin calcular utilidades. 
Paz en su tumba. n

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