CARA Y CRUZ

Peligrosa demagogia

jueves, 26 de noviembre de 2020 · 01:05

Con el afloje de la cuarentena, la municipalidad de Valle Viejo terminó de levantar de la avenida Juan Chelemín la barricada de tierra que había puesto con el pretexto de blindarse del coronavirus. Un grave accidente de tránsito ocurrido hace una semana la posicionó como símbolo de la sobreactuación sanitaria: un automovilista casi se mata al incrustarse contra ella, en el ingreso al Mercado de Abasto.
En un intento de atenuar sus responsabilidades, la comuna se apresuró a informar que la EC SAPEM no había reparado un transformador que había reventando 15 días antes, por lo que el tramo de la Chelemín estaba peligrosamente a oscuras. Sin embargo, el ahora desmontado parapeto remitía a los desvaríos escenográficos de los intendentes, en quienes el intenso espíritu bélico de las primeras semanas de la cuarentena se reavivaba de acuerdo a las fluctuaciones de los contagios que sobrevinieron después del primer caso. Se recordará: una competencia para obtener el cetro del más controlador, jalonada de desmesuras y absurdos.
La posibilidad de accidentes como el que se produjo el jueves de la semana pasada en la Chelemín estuvo siempre latente.


El levantamiento de las barricadas de Valle Viejo fue registrado y viralizado con la intendenta Susana Zenteno al comando de las operaciones. Montajes similares, algunos con piedras, se replicaron en todo el territorio de la provincia, con los jefes comunales fotografiándose y filmándose para la posteridad en ademán guerrero, estudiando mapas y acaudillando procedimientos en el frente de batalla. Algunas inconsistencias con los protocolos preventivos que se sugerían a la comunidad, como abrazos y besos entre referentes políticos, fueron ajustándose en sucesivos ensayos hasta que se internalizó la costumbre del cariñoso choque de codos o puños.
La compulsa de protagonismo entre los caciques no tardó en provocar un caos y obligó al Gobierno a ponerle un coto para permitir el tránsito de proveedores. Este proceso no estuvo exento de roces con autoridades municipales que suponían que la sobreactuación del celo sanitario arrojaba réditos proselitistas. 

La peste desató en sus inicios una competencia de sobreactuaciones entre los intendentes, que duró varios meses

Fueron resonantes, por caso, las reacciones enfurecidas del intendente de Santa Rosa, Elpidio Guaraz, cuando se lo intimó a cesar con el hostigamiento a productores. O las polémicas en Aconquija entre las autoridades municipales y los paperos.
El desenfreno de las pulsiones autoritarias en el marco del confinamiento llegó a casos extremos con operativos policiales violentos, a absurdos antológicos como la detención de personas por comer un asado en parajes inhóspitos.
Los dividendos políticos que estas conductas rendían en los primeros tramos del miedo comenzaron a amenguar no solo por el dilatado período que Catamarca logró mantenerse dentro de una burbuja sanitaria, sin casos y sin muertes, sino también, y sobre todo, por la percepción de que el rigor era selectivo. Como reguero de pólvora corrían las noticias de favoritismos que aceitaban la circulación de acomodados, alentadas además por una lamentable legitimación del alcahueterismo como virtud cívica.


El caso más escandaloso en este sentido fue el del intendente de Recreo, Luis “Lula” Polti, capturado cuando pescaba con amigos mientras imponía a los recreínos enclaustramiento estricto. Pero también se permitieron, por ejemplo, procesiones religiosas en las que no se respetaba ninguna regla de prevención.
Y no tardaron en aparecer, como era obvio que ocurriría, las avivadas de encargados de controlar que hacían la vista gorda a cambio de alguna retribución.
En semejante panorama, las teatralizaciones guerreras de los intendentes terminaron por volvérseles en contra. 
Valle Viejo levantó por fin una barricada ridícula, después de que un accidente vial enfrentó a sus autoridades con las graves consecuencias que puede acarrear la demagogia. n

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