EDITORIAL

Caminos de tiza

viernes, 20 de noviembre de 2020 · 01:00

El vasto desarrollo de la escuela pública argentina, muy superior al de otros países de la región, no garantiza sin embargo, por múltiples razones, que todos los habitantes del país tengan acceso a una educación de calidad. Muy por el contrario, las desigualdades son muy evidentes, tanto a nivel social como, especialmente, territorial.

La creación de escuelas rurales en las últimas décadas ha contribuido a morigerar esas inequidades, pero muy lejos están de desaparecer. La responsabilidad de que esto suceda le corresponde al Estado, pero, sin desconocer esa competencia, hay iniciativas particulares que hacen su aporte integrador en materia educativa. Algunas, como la de la escuela ambulante “Caminos de tiza”, es un esfuerzo de apenas dos personas, pero que tienen el inmenso valor de funcionar como modelo a seguir, como ejemplo virtuoso que, a la vez de exponer las enormes dificultades de acceso a la educación que padecen determinados grupos humanos, demuestran que la labor solidaria es capaz de transformaciones definitivas en las personas, tanto en las que ayudan como en las que son ayudadas.

“Caminos de tiza” llega a comunidades que habitan zonas muy pobres del nordeste argentino. Es un proyecto que llevan a cabo Juan Manuel Pereyra y Yanina Rossi y que apunta a brindar apoyo pedagógico a niños sin discapacidad y asistencia terapéutica a niños con discapacidad.

Entre las acciones que ejecuta se encuentran las de alfabetización inicial, apoyo escolar, estimulación temprana, comunicación alternativa aumentativa, lenguaje de signos y psicomotricidad. Pero también desempeñan labores educadoras sobre atención primaria relacionada con la salud y la educación sexual.

“Caminos de tiza” no acepta donaciones y se financia solo a través de fondos concursables o reconocimientos.
Pereyra, que maneja el guaraní, el portugués, lenguaje de señas, braile y comunicación alternativa aumentativa, cree que es clave respetar la identidad cultural del lugar donde se detiene la escuelita itinerante, requisito que la escuela tradicional no siempre respeta adecuadamente.

La educación tiene una función reparadora y transformadora. Acude en auxilio de los más vulnerables, que son protagonistas de historias de marginalidad extrema. “Es importante conocer la realidad que nos golpea. Cada tiza que gasto es una bala que no se dispara: antes que llegáramos había niños que eran mulas del narcotráfico y niñas que eran prostitutas de camioneros”, sostiene Pereyra.

Las condiciones precarias en las que muchas veces trabaja la escuela ambulante no es un impedimento para concretar sus objetivos, sino, por el contrario, un estímulo. Es que, en definitiva, como dice el mentor del proyecto que ya lleva cinco años funcionado, “las grandes escuelas son de los grandes maestros, no de grandes edificios. Son las ganas de intentar ser el docente que hubiera querido para uno, y lo que mañana quiere para sus hijos”.

Otras Noticias