viernes 25 de noviembre de 2022

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CARA Y CRUZ

La esmeril sobre Fernández

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Por Redacción El Ancasti

En el incidente Venezuela, la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner abona la interna oficialista con su silencio. Estrategia clásica: los referentes más extremos de su espacio desafían la autoridad del presidente Alberto Fernández, éste vacila; al no pronunciarse, ella se reserva el dictamen de última instancia. Tal vez salga en las próximas horas, e incluso avale al Jefe de Estado teórico, pero el daño ya estará hecho.
La autoridad presidencial es sometida desde hace meses a un proceso de esmerilamiento tan sostenido como prolijo. La secuencia del escándalo diplomático es ilustrativa en tal sentido.
En línea con el ala dura kirchnerista, Carlos Raimundi, embajador argentino en la OEA, cuestionó por “sesgado” un informe sobre las violaciones a los derechos humanos en la Venezuela de Nicolás Maduro. Fue un giro sorpresivo, porque el embajador argentino ante la ONU, Federico Villegas, había expresado dos meses antes su "profunda preocupación" por la situación de los derechos humanos y "la grave crisis política, económica y humanitaria" en ese país. 
La Casa Rosada se vio obligada a salvar la inconsistencia con un gesto rotundo. En la ONU, Villegas votó a favor de la resolución del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas que condena las violaciones a los derechos humanos que se cometieron en Venezuela, recopiladas en el informe de la expresidenta de Chile, Michelle Bachelet.
Esta postura fue objetada por los ultra k Luis D’Elía, Hebe de Bonafini y Juan Grabois, pero el ápice de la maniobra fue la renuncia de Alicia Castro a la embajada rusa.
En su dimisión, la diplomática explicó su disidencia con la posición oficial. Luego declaró que Fernández la había llamado para que revisara su decisión. Como Raimundi continúa como embajador en la OEA, debe entenderse que estas indisciplinas de impacto internacional no son para Fernández tan importantes como para desprenderse de los díscolos.
Cristina, a todo esto, no dijo hasta ahora ni mu. 

Los desautorizados “albertistas” deben recurrir al archivo para recordar que en algún momento dijo que en Venezuela no hay estado de derecho, ejercicio de exégesis política que sería redundante si ella desautorizara las opiniones de los enfáticos.
La polémica se desplegó en un momento clave. Fernández precisa del respaldo de los Estados Unidos para acomodar la deuda con el FMI y una misión de ese organismo está en el país. El dislate de Raimundi provocó tal revuelo que clausuró la chance, remota de todos modos, de asumir una posición menos tajante en la ONU, como hubiera sido la abstención que sugirió la renunciante Castro en la filípica de su renuncia.

Las inconsistencias diplomáticas sobre la situación de Venezuela marcan otro retroceso político de Alberto Fernández


“Recuerdo ahora vívidamente a las masas de jóvenes y viejos militantes felices y conscientes en la histórica Cumbre de Mar del Plata, donde celebramos el rechazo del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA), el rotundo éxito protagonizado por los ‘tres mosqueteros’, como llamó Hugo Chávez a su alianza indestructible con Néstor Kirchner y Lula da Silva”, comunicó la ex embajadora ante la Federación Rusa, sin hacer mención a la diferencia de los contextos.
No interrogarse sobre el grado de compromiso que la vicepresidenta tiene con el Gobierno del que forma parte resulta imposible.
La Argentina se balancea en la cornisa del abismo y ella se abstiene de fortalecer la autoridad de su devaluado Presidente, al que le impone una agenda centrada en los entreveros judiciales, divorciada de los alcances económicos y sociales que tendrá la cuarentena.
A esta altura ya es arduo calificar al poder de “bifronte”. Fernández se recluye cada vez más hacia lo protocolar y no construye poder propio para volver a equilibrar la ecuación.
La peripecia, todavía en desarrollo, se traduce en falta de confianza. Los argentinos insisten en volcarse al dólar y retiran sus ahorros de los bancos; las reservas caen.
Los hechos van afirmando la impresión de que prefiguran una nueva catástrofe. n

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