miércoles 23 de noviembre de 2022

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CARA Y CRUZ

El cisma en ciernes

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Por Redacción El Ancasti

La amenaza del cisma asomó en los últimos rituales: 75 años del 17 de Octubre de 1945, Día de la Lealtad; 10 años del 27 de octubre de 2010, muerte de Néstor Carlos Kirchner. 

Para la confección del calendario de efemérides, a la celebración más emblemática del peronismo el kirchnerismo propone, acaso opone, su propio onomástico: no la llegada de Néstor a la Casa Rosada, sino su muerte, ocurrida mientras Cristina, su esposa, ejercía la Presidencia. Es decir, el momento en que la líder viva queda sola frente al tradicional aparato peronista con el que acordaba su marido e inicia el afianzamiento de La Cámpora comandada por su primogénito, Máximo, como instrumento de construcción política.

La fecha seleccionada por el kirchnerismo para su natalicio es un acierto histórico. 

El 17 de octubre marca el ingreso de la clase trabajadora a la institucionalidad de la República y su legitimación como interlocutora de las patronales en pie de igualdad, con la fuerza de la organización que Perón había procurado al sindicalismo para gravitar en la distribución del ingreso entre el capital y el trabajo. Perón se erigía en árbitro de ese litigio y los sindicatos, en el mismo movimiento, se sometían a su conducción estratégica. 

El 27 de octubre de 2010, Cristina acelera el proceso para tomar la representación de otro sector, que había crecido desmesuradamente: los no asalariados. Desocupados y trabajadores precarizados que gestionaban sus necesidades ante el

Estado a través de las llamadas “organizaciones sociales” se articulan bajo el mando de la entonces Presidenta y su herramienta electoral, que es La Cámpora. 

Néstor, como Perón, se postulaba como árbitro de la puja por la distribución del ingreso entre capitalistas, asalariados y no asalariados. Cristina abdica de tal pretensión ecuánime y asume la representación de los no asalariados. Nace el kirchnerismo.

En apretada y esquemática síntesis: el kirchnerismo es el producto del proceso de expulsión social masiva que sucedió al estallido del régimen de Convertibilidad, pero también de la resignación del peronismo a la imposibilidad de tramitar su reincorporación sin afectar los intereses de su base electoral histórica, que son los asalariados. 

Tal es la tensión que condiciona el derrotero político nacional. 

El volumen de los salarios y la calidad de las condiciones laborales depende de la renta capitalista. El peronismo fue eso: el reparto más justo de esa renta, la posibilidad de conciliar los intereses de trabajo y capital. La memoria de aquel tiempo dorado es la nutriente cultural del peronismo. 

El kirchnerismo es, en cambio, el espacio de los no asalariados, que cobran masa crítica tras un proceso sostenido de descapitalización, de destrucción de riqueza, en la Argentina.

Vuelta a los onomásticos. 

Cristina Kirchner no participó de las celebraciones por el Día de la Lealtad, que se realizaron en la sede de la CGT y de la que participaron los gobernadores. 

Diez días después, en el décimo aniversario de la muerte de su cónyuge, difunde una carta. En ella enfatiza que las decisiones las toma el presidente Alberto Fernández, no ella, y que convendría pactar un acuerdo nacional para atravesar la crisis.

Se trata de la dirigente política con mayor legitimidad en este momento, la referente de al menos un tercio de los votos argentinos.

¿Qué lugar ocuparía ella en ese acuerdo? 

Algo es indudable: no hay acuerdo posible sin ella y lo que representa.

¿Se pueden compatibilizar los intereses de los asalariados con los de los no asalariados? Porque el capital se fuga, y sin capital no hay trabajo.

De un lado el peronismo: la CGT, representación de los asalariados, y los gobernadores, que son pagadores de salarios. 

Del otro el kirchnerismo: los no asalariados y el experimento de la gobernación de Axel Kicillof en provincia de Buenos Aires.

El cisma en ciernes. 

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