EDITORIAL

Mundo ciego

viernes, 23 de octubre de 2020 · 01:43

Jorge Guaymás sufrió ayer en Tucumán una horrible muerte en manos de una multitud enardecida que, de ese modo, “vengó” el crimen de Abigail Riquel, de 9 años, del que Guaymás era sospechoso. Se dirá, con razón, que más horrible fue la muerte de la niña, que previamente había sido abusada, pero esta constatación no sirve, de ningún modo, para justificar el linchamiento.

Las imágenes del crimen del acusado de asesinar a Abigail, viralizadas por las personas que participaron del ataque o se encontraban presentes en el lugar, son perturbadoras, difíciles de tolerar. El hombre que sucumbió a los golpes de sus agresores estaba siendo buscado por la policía como sospechoso porque hay testimonios que lo vieron caminando junto a la niña que luego apareció muerta en un descampado. Pero, lo reafirmó el fiscal, gozaba aún, en el momento ser atrapado por la multitud y linchado, de la presunción de inocencia.

Fue un asesinato premeditado: los vecinos que consumaron el crimen de Guaymás lo andaban buscando desde hacía un par de días y habían jurado que lo iban a encontrar y matar. Llegaron al lugar donde se escondía antes que la policía y cumplieron la promesa.

Guaymás era muy conocido en el mundo delictivo: tenía 19 causas por robo pero ninguna condena. Cuesta entender que una persona tenga tantas causas y nunca haya ido a juicio. Se advierte, en consecuencia, un déficit de la Justicia, que los vecinos señalan como argumento para justificar el crimen en banda. De haber funcionado el sistema como corresponde, tal vez hubiese estado entre rejas el día que, supuestamente, mató a la nena.

Deberá la Justicia, que no se preocupó demasiado por las presuntas actividades delictivas del linchado, determinar ahora si efectivamente fue el autor del abuso y crimen de Abigail. Todo indica que sí, pero no hay confirmación judicial porque no hubo tiempo siquiera de indagarlo. Si la pesquisa determina que Guaymás fue el autor único del atroz abuso y femicidio, la causa por la muerte de la niña se cerraría y se investigaría exclusivamente el linchamiento, que no existe en el Código Penal Argentino como figura legal.

En casos como éste, donde un grupo de personas mata a golpes a otra hay dos posibilidades: si no se determina quién fue el causante del golpe mortal, el delito es homicidio en riña, con penas que van de dos a seis años de prisión e involucra a todos los que fueron identificados como agresores. Si, en cambio, se identifica al autor del golpe que acabó con la vida del linchado, que se encuentra en un estado de total indefensión, el delito se caratula como homicidio agravado, que tiene una pena de prisión o reclusión perpetua, la misma que le hubiese cabido a Guaymás por abusar y asesinar a la niña. Adviértase la gravedad de lo sucedido.

Pretender hacer “justicia” asesinando a una persona, por más aberrante que sea el delito que cometió, solo contribuye a la reproducción indefinida de la violencia. Bien cabe aquí la sabia sentencia de Mahatma Gandhi: “Ojo por ojo y el mundo quedará ciego”.

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