EDITORIAL

Hambre y desigualdad van de la mano

sábado, 17 de octubre de 2020 · 02:08

El Día Mundial de la Alimentación se celebró ayer en un contexto dominado por la pandemia, fenómeno global que ha profundizado los graves problemas de mala alimentación, hambre y desnutrición que padece casi un tercio de la población mundial.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), alrededor de 2.000 millones de personas en el mundo no tuvieron acceso regular, durante el año pasado, a alimentos seguros, nutritivos y suficientes en 2019. Este año, con la crisis global generada por el coronavirus, la situación se ha agravado. La misma organización aporta un dato que no puede pasar inadvertido: la inseguridad alimentaria es mayor entre las mujeres que entre los hombres.

En un mundo que produce alimentos de sobra para que todos sus habitantes coman bien, el hambre solo se explica por la vigencia de un sistema que produce desigualdades cada vez más profundas. El mismo mundo que produce alimentos es también el que produce hambrientos. Hambre y desigualdad van de la mano.

El modelo se replica hacia el interior de las naciones. Argentina, que produce alimentos para 400 millones de personas, es otro ejemplo. En nuestro territorio la malnutrición (por restricciones, por exceso y por mala calidad) es un problema que afecta al 22 por ciento de la población. 

Entre 2018 y 2019, años en los que se produjo una brusca caída del nivel de vida de los sectores populares, el 8 por ciento de los niños y niñas de 0 a 4 años padecía desnutrición crónica, según el relevamiento de la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud.

Para remediar esta grave situación el gobierno nacional lanzó el Plan Nacional Argentina contra el Hambre, cuyos resultados habrán de evaluarse a su debido momento. Y hay otras iniciativas institucionales en el país que tienen como propósito morigerar el inaceptable drama de la malnutrición. 

Una de ellas es la campaña “Alimentar saberes”, de reciente lanzamiento, para “la promoción estilos de vida saludable y el mejoramiento de las condiciones alimentarias y nutricionales mediante acciones de intercambio y capacitación en sectores vulnerables”, según los fundamentos del proyecto.

Otra es una ley que, si bien está vigente, su cumplimiento es deficiente. Se trata de la ley 27.454, reglamentada en abril del año pasado, que creó el Programa Nacional de Reducción de Pérdidas y Desperdicios de Alimentos, que tiene por objetivo facilitar la donación de comida que se desecha en las distintas etapas de las cadenas de producción y comercialización.

La semana que viene se reúne en Nicaragua la 36ª Conferencia Regional de la FAO para América Latina y el Caribe. Será una oportunidad propicia para debatir los mejores caminos para avanzar en la lucha contra el hambre en la región. Pero está claro que la solución de fondo solo vendrá de la mano de transformaciones políticas y económicas profundas y globales, que conviertan al planeta en un lugar justo y equitativo.

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