EDITORIAL

Modelos para armar

sábado, 25 de enero de 2020 · 01:10

Las discusiones sobre la conveniencia o no de implementar determinados proyectos económicos y políticos suelen estar impregnadas de fundamentalismos, posiciones esquemáticas y excesivamente ideologizadas basadas en modelos teóricos que no siempre, en la práctica, se ajustan a las elaboraciones de laboratorio. El debate político en la Argentina, por ejemplo, transita por oscilaciones dicotómicas reduccionistas. 

Por eso, se extiende a nivel internacional una corriente, abonada por politólogos o economistas prestigiosos que aconsejan, sin abandonar posiciones teóricas básicas, desprenderse de esos modelos esquemáticos e inflexibles, estudiar los modelos exitosos y aplicarlos con los imprescindibles aportes de adaptabilidad a cada país. 

¿Cuáles son los modelos más exitosos en lo económico y social? Sin duda, los países de Europa del norte: Finlandia, Dinamarca, Suecia, Noruega. En esos países los índices de pobreza son mínimos; la brecha de desigualdad es de las más bajas del mundo; hay casi pleno empleo; la vida de sus habitantes se encuentra entre las más saludables del planeta; las tasas de criminalidad son bajísimas; los casos de corrupción son muy aislados; las mujeres tienen una alta participación en las esferas de poder, casi en igualdad con los hombres; poseen eficaces políticas sanitarias, educativas y de defensa del medio ambiente, entre otros muchos logros.

El índice de Desarrollo Humano, que la ONU mide desde hace tres décadas, señala que el primer lugar entre las naciones del mundo lo ocupa desde 1990 Noruega, y el resto de los países mencionados de la región está siempre entre los 10 primeros. El recientemente creado Índice de la Felicidad muestra en los tres primeros lugares a Finlandia, Dinamarca y Noruega.
La clave es analizar cómo lograron estándares de vida tan altos.

La presión fiscal es muy elevada, pero progresiva. Es decir, recae sobre los sectores de mayor poder adquisitivo. Los recursos derivados de la recaudación por esa vía financian íntegramente los sistemas públicos de salud y educación, que son gratuitos.
Hay una gran inversión en conocimiento y tecnología aplicada, que lejos de ser un gasto se convierte en una inversión muy redituable. 

Los trabajadores integran el modelo de cogestión a través de varias modalidades de participación en la toma de decisiones, lo cual los compromete en obtener mejores resultados.
Existe, además, desde el Estado, que en general tiene una función clave de regulación social, un fomento de la actitud emprendedora.

Pero la base de todo el modelo es un acuerdo generalizado sobre el modelo a seguir, que se va ajustando permanentemente a través de instancias participativas y autocríticas.

Esta (casi) unanimidad sobre las políticas públicas de largo plazo ponen en evidencia la distancia que hay entre aquel modelo europeo nórdico y el de nuestros países latinoamericanos, particularmente Argentina. De todos modos, analizar los modelos exitosos y empezar a generar las condiciones para recorrer el mismo camino, es un paso inicial e imprescindible para lograr las transformaciones positivas a las que se aspiran. 

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