EDITORIAL

Xenofobia selectiva

lunes, 9 de septiembre de 2019 · 02:03

La tradicional y muy valorada apertura de la Argentina hacia los extranjeros, cuya raíz se hunde en los orígenes mismos del país, está siendo puesta en tela de juicio en los últimos años por ciertos sectores, sobre todos los altos y medios de la sociedad. Se señala, con más prejuicios que argumentos, que los extranjeros llegan al país a usar nuestros servicios gratuitos de salud y de educación pública, a ocupar puestos de trabajo, a usufructuar planes sociales o, incluso, a delinquir, sin que la autoridades pongan duras e inflexibles restricciones al respecto

Las miradas inquisidoras van dirigidas, habitualmente, no a todos los extranjeros, sino particularmente a los migrantes de países latinoamericanos o de otros destinos tercermundistas: centroamericanos africanos e incluso asiáticos. No se aprecian, por ejemplo, estos niveles de intolerancia respecto de visitantes de los denominados países del Primer Mundo.

Dentro de los cuestionamientos hay posiciones más cerca de la razonabilidad que de cierto fundamentalismo hostil hacia lo extranjero. Son aquellas que exigen trato recíproco de los países extranjeros hacia el ciudadano argentino. Por ejemplo, si el servicio de salud pública argentino le da tratamiento gratuito a los extranjeros, justo es que los otros países ofrezcan la misma atención a los compatriotas. Así, se han logrado algunos convenios de reciprocidad que deben señalarse como equitativos.

Lo que se quiere destacar como algo negativo no son las políticas de regulación migratoria, que por supuesto son necesarias, ni mucho menos la defensa de los intereses de ciudadanos argentinos cuando se encuentran temporalmente en otros países. La crítica se refiere básicamente a la escalada de xenofobia que prevalece en ciertos sectores de la sociedad argentina.

En los últimos días se reactualizó el caso de Vanessa Gómes Cuevas, una peruana que cumplió una condena por venta al menudeo de droga. La mujer estuvo varios años presa y cuando cumplió su deuda con la sociedad se reintegró socialmente de manera virtuosa: formó una familia, se recibió de enfermera, profesión en la que se desempeñaba con mucho compromiso y por la que era valorada por la comunidad, y nunca más reincidió. Sin embargo, a principios de este año fue deportada por ser extranjera y porque alguna vez, hace ya casi una década, cometió un delito. Así, fue separada de sus hijos. Ahora, organizaciones internacionales lograron que, por razones humanitarias, se la autorice a volver a su país para reencontrarse con su familia.

La decisión enfureció al senador Miguel Ángel Pichetto, que puso el grito en el cielo enfatizando el pasado delictivo de la mujer, nunca el cumplimiento de su condena, su readaptación social o la desintegración familiar provocada por decisiones alejadas de cualquier rasgo de humanidad.

La regulación de la política migratoria es absolutamente necesaria, pero las posiciones xenófobas, sobre todo si son selectivas en función del status del país del que proviene el extranjero, deben ser condenadas y rebatidas con argumentos sólidos y racionales.


 

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