EDITORIAL

El círculo vicioso de la violencia

Según una de sus acepciones, la palabra "psicosis" significa miedo, angustia u obsesión irracional, en especial el que se da en un colectivo de personas...
viernes, 6 de septiembre de 2019 · 02:20

Según una de sus acepciones, la palabra "psicosis" significa miedo, angustia u obsesión irracional, en especial el que se da en un colectivo de personas. Esta definición se aplica perfectamente a las sensaciones, emociones y sentimientos negativos que despierta la recurrencia de hechos de inseguridad y que se traducen en conductas insensatas y en muchos casos desgraciadamente irreversibles.

Un agregado grave es que, a veces, estas conductas son alentadas o justificadas por personas que cumplen funciones políticas vinculadas al área de seguridad. La ministra nacional Patricia Bullrich dijo en noviembre del año pasado, textualmente: "El que quiera andar armado, que ande armado”. Y el secretario provincial Marcos Denett justificó, en abril de 2017, el crimen de un joven que fue asesinado a golpes luego de que intentara abrir por la fuerza un automóvil.

Si funcionarios de alto rango justifican, de una manera u otra, la mal llamada “justicia” por mano propia, que en rigor son ejecuciones sumarias e ilegales perpetradas más por turbas enajenadas que por individuos que ejercen la violencia en su legítima defensa, no extraña que una porción de la población, generalmente de hábitos violentos, se sienta habilitada para andar a la caza de delincuentes, o de sospechosos de serlo. 

Los linchamientos, en muchos casos perpetrados erradamente contra personas inocentes, se han incrementado en los últimos años. Hay otros episodios similares, con un denominador común: la violencia es ejercida por un grupo de personas que se organiza para combatir a delincuentes –o presuntos delincuentes- sin tener ninguna potestad institucional.

El miércoles se conoció el caso de un hombre asesinado a balazos en Villa Ballester, provincia de Buenos Aires, por una de las ocho personas que lo persiguieron luego de confundirlo con un ladrón. La víctima, Jonatan Sagardoy, tenía 32 años, estaba casado y tenía una hija pequeña. No era un delincuente, sino un trabajador que hacía diez años se desempeñaba en un negocio de venta de artículos para la construcción. Sagardoy llegaba a la casa de un amigo en su camioneta cuando de pronto se vio rodeado por cuatro vehículos que lo venían siguiendo sin que él lo supiera. Ocho personas lo increparon y una de ellas le efectuó el disparo mortal sin darle tiempo a que explicara que él no tenía nada que ver con un robo efectuado días atrás en la zona por el que lo acusaban equivocadamente.

Al clima de violencia que se respira en una sociedad golpeada con dureza por la crisis económica no se lo resuelve con más violencia, en un círculo vicioso, mucho menos si la ejercen, sin ningún tipo de control institucional, personas comunes cuya función no es combatir a la delincuencia a los tiros o a los golpes.

Difícil será que la sociedad entienda y asimile un mensaje de prudencia, que no exacerbe aún más la agresividad visible en las calles de todas las ciudades, si las autoridades del área de Seguridad no actúan responsablemente, desalentando estas conductas tan reñidas con la ley como las que adoptan los delincuentes.

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