CARA Y CRUZ

Más allá del slogan

sábado, 21 de septiembre de 2019 · 02:10

El sismo económico y financiero que sucedió al derrumbe del Gobierno nacional en las primarias precipitó, entre muchas otras cosas, la sanción en el Congreso de la prórroga de la Emergencia Alimentaria en el país hasta 2022, que supone el incremento del 50% de las partidas destinadas a planes sociales alimentarios y la reasignación presupuestaria de $8.000 millones para cubrir los requisitos nutricionales de niños de hasta los 14 años, embarazadas, discapacitados y ancianos desde los 70 años en situación de pobreza.
La consigna fue lanzada por la oposición, pero la Casa Rosada, tras un amague de resistencia, se allanó y finalmente se sancionó con su anuencia.

El horno no está para bollos. Habrá evaluado el macrismo los perjuicios electorales que le devendrían de porfiar en la negativa y, en definitiva, sin demasiadas expectativas de proseguir en ejercicio después de diciembre, qué podían importarle los costos fiscales de la disposición. Serán problema ajeno en poco tiempo y, por mucho optimismo que se pretenda exhibir, lo real y cierto es que la aspiración más ambiciosa es que el papelón en las urnas no sea peor el 27 de octubre que el del 11 de agosto.
Los indicadores sociales, aparte, abonan la hipótesis de que prorrogar la emergencia alimentaria es, más que necesario, indispensable. 

La inseguridad alimentaria llegó al pico máximo del 35,8% desde 2010 hasta ahora, con niveles de falta de comida severos del orden del 17,4% y déficit de nutrientes alimentarios en los sectores empobrecidos e indigentes que llegan al 44%, según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA. 
A estos datos estadísticos hay que añadir la anomalía institucional, ya naturalizada, de un Congreso sesionando sitiado, urgido por movilizaciones callejeras. 

En contexto político y social tan dramático, los operadores institucionales no son propensos a indagar más allá de lo obvio. 
El slogan cala fácil, y merecido lo tiene una facción que hizo uso y abuso de ellos, con el saturante “pobreza cero”, por caso. Lo de “emergencia alimentaria” no podía ser más tentador en la coyuntura.
Pero una cosa es aceptar que hay hambre, incluso que hay una emergencia, y otra profundizar en las razones de esta situación. 
Atenerse a lo cuantitativo es lo más sencillo para sacarse de encima la presión de la plaza. Procédase, entonces, a aumentar las partidas para planes sociales.

Es notoria, sin embargo, la renuencia a abordar dimensiones cualitativas del fenómeno, que necesariamente tendrían que analizarse si en verdad se pretende erradicar el hambre, ya que terminar con la pobreza estructural es asunto más complejo. Nadie se pregunta seriamente cómo es que el hambre persiste pese al multimillonario volumen de recursos presupuestarios que se derivan en los niveles nacional, provincial y municipal, en cada caso en los estamentos ejecutivos y legislativos, a atender las necesidades alimentarias de pobres e indigentes.

¿No será que el problema no está en la cantidad de recursos sino en la cadena de distribución? Por ahí el problema es la ineficiencia de un sistema estatal que no llega a todos los lugares a los que tiene que llegar.
Asumir esta perspectiva demandaría respuestas de elaboración bastante más ardua que declarar al país en emergencia y reasignar partidas. 

Por empezar, serían demasiados los callos a pisar. No solo los del funcionariato de las áreas de acción social en todos los niveles, sino también los de intermediarios entre los que se cuentan las llamadas “organizaciones sociales”. Que son, casualmente, las que se concentran en el Congreso para procurar aumentos de los que administrarán una tajada más que importante.
Las reacciones espasmódicas no son las más saludables para lo estadistas.
Recuérdense las reformas al sistema penal sancionadas en 2005 bajo presión de las multitudes convocadas por Juan Carlos Blumberg, cuyo hijo había sido secuestrado y asesinado. Y ahí sigue la inseguridad, peor que antes. 

Otras Noticias