EDITORIAL

Emoción prematura

viernes, 20 de septiembre de 2019 · 02:17

La emoción del canciller argentino, Jorge Faurie, transmitiéndole por teléfono al presidente Mauricio Macri la concreción del acuerdo comercial Unión Europea-Mercosur fue demasiado prematura, a juzgar por las cada vez más reducidas chances que tiene de prosperar.

Pasaron apenas dos meses y medio desde el anuncio del acuerdo y ya las trabas, restricciones y oposiciones que ha recibido, no sólo en el ámbito del Mercosur sino especialmente entre los países de la Unión Europea, auguran un mal pronóstico para el tratado bilateral.

Ayer se conoció que el parlamento austríaco aprobó, casi por unanimidad, una moción para que el gobierno de ese país vete el acuerdo. Resulta muy interesante analizar los fundamentos esgrimidos por los parlamentarios austríacos para impulsar el veto. Uno de ellos sostiene que “Austria no puede arrodillarse ante los intereses de la industria”, sector que promueve con mayor fuerza el pacto. 

No es un argumento que se escuche solo en este pequeño país europeo: son muchos los sectores vinculados a la producción primaria que se oponen a la flexibilización en el ingreso de productos de los países que integran el Mercosur. No es casual: los países sudamericanos que participarían de este eventual acuerdo tienen ventajas competitivas respecto de las naciones del viejo continente en materia de productos agropecuarios.

Como lógica contrapartida, los sectores relacionados con la producción industrial europea alientan enfáticamente la concreción del acuerdo, porque son conscientes de la supremacía respecto del sector manufacturero de nuestros países.

Precisamente las objeciones de este lado del mundo se basan en el daño que el ingreso de productos industrializados puede ocasionar en economías con un grado de desarrollo mucho menor. La industria argentina atraviesa una situación de grave crisis, y para consolidar un proceso de recuperación requiere, al menos por un tiempo prudencial, de medidas proteccionistas.
Para analizar la conveniencia de este tipo de acuerdos comerciales globales y a gran escala es necesario desechar de las posiciones fundamentalistas. Tanto de aquellas que los rechazan de plano como de las que los alientan sin siquiera analizar críticamente las consecuencias que podrían acarrear. 

Argentina no puede, como ningún país, vivir aislado del mundo, o relacionándose comercialmente con un grupo pequeño de naciones, prescindiendo del resto. Pero la necesaria apertura debe estar regida y regulada por criterios de conveniencia para los sectores productivos internos. Por esa razón, los tratados de libre comercio no son buenos o malos en sí mismos. Depende de la capacidad negociadora de cada nación para beneficiar a su propia economía.

En Europa la gran mayoría de los países abrevan en las ideas propias del liberalismo. Pero a la hora de defender su industria o su sector primario no tienen escrúpulos en adoptar medidas proteccionistas o en poner los recursos del estado para subsidiar a algunas producciones. Eso se llama pragmatismo.

Los gobiernos de nuestros países subdesarrollados deberían hacer una correcta lectura de estas posiciones históricas.n


 

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