Lo bueno, lo malo y lo feo

Política y fantasía en la Argentina de hoy

jueves, 19 de septiembre de 2019 · 02:00

En nuestra cotidiana supervivencia nacional somos partícipes innecesarios de una nueva racionalidad política. Un nuevo “homo videns” al decir de Sartori, que ha calado nuestros pensamientos anteponiendo la publicidad a la acción, el coaching a las ideas políticas, las redes sociales al argumento y al compromiso social, las imágenes y videos aparatosamente armados a la realidad, los mensajes superficiales entendibles para todos a las políticas públicas, los resultados de estudios de opinión sin rigurosidad científica a la investigación de campo, la comunicación política como problema y solución, considerando que los malos gobiernos siempre tienen problemas de comunicación.

En esta era poscapitalista, nos vemos en la obligación de replantear nuestras ideas. Entonces nos preguntamos ¿hasta qué punto son valiosas para el humano de a pie las estrategias publicitarias que posicionan candidatas o candidatos de la noche a la mañana, en detrimento de la experiencia y la formación básica en aspectos sociales y humanísticos?

En primer lugar, en regiones cuya población alcanzan el millón o más de habitantes, una estrategia publicitaria es tentadora desde el punto de vista de la preparación de un mensaje heterogéneo. Pero nunca puede constituirse en la única alternativa para el posicionamiento de un candidato, como de hecho se observa en todas las campañas electorales actuales. 

La instalación de un candidato desde los orígenes ya no es útil, se necesita buscar a alguien que en dos o cuatro años sea altamente competitivo. ¿Cómo? Utilizando las estrategias de la comunicación y el marketing político. 

Esto es lamentable para la supervivencia de la democracia. La democracia en nuestra América Latina y en Argentina en particular se ha desmembrado y se colocó en segundo plano, ya no se discute. 

Este error hace que sus requisitos formales como el voto, los partidos y demás cuestiones subsistan a pesar de todo, pero no se ha constituido una base social primordial para lograr una democracia sustantiva, que por lo menos replantee seriamente la problemática de la igualdad y la pobreza en un país con recursos ineficientemente asignados.

La desigualdad es un problema ético. Por lo tanto, un mensaje publicitario de la escuela “duranbarbista” que se instaló como una madraza en nuestra sociedad, desigualdad, pobreza y exclusión, son temáticas que se abordan superficialmente, o se colocan en un segundo o tercer plano, para evitar pensar, para evitar asumir un compromiso social, para eludir la razón política. Ejemplo de ello fue anunciar la “pobreza cero”.

En segundo lugar, nuestro país y su heterogénea construcción han producido ideologías altamente contradictorias hacia sus propios postulados. Es decir, acompañamos a líderes que surgieron de sectores sociales promotores directos de la desigualdad y la pobreza, trabajadores incansables por la concentración del capital. Muchos de los cuales pertenecen a partidos políticos que en sus bases ideológicas y operativas promueven la redistribución de la riqueza y la eliminación de las desigualdades. 

Esa elite a quienes nos toca elegir cada cuatro años es, al decir de Robert Michels, la “jaula de hierro” de una oligarquía argentina que se encuentra ubicada en todos los ámbitos de la vida haciendo de la democracia sustantiva solo un recuadro de una foto en blanco y negro. 

Los mensajes políticos, muchos de los cuales son construcciones teóricas, que no van acompañados del diseño de una política pública, son siempre irrealizables, abarcan un sinfín de cuestiones que operan nuestras mentes y alambran nuestros sentidos. 
La economía política es la madre de las disputas, tenemos muchas facultades de ciencias económicas de alto nivel en nuestro país pertenecientes a universidades públicas con la carrera de Economía y sus centros de investigaciones, pero no podemos resolver la inflación, el desempleo, la marginalidad y la desigualdad. 

Esto puede ser porque las mencionadas facultades no sean escuchadas por los equipos de publicistas especialistas en la mente del “Ágora”, o realmente nadie tenga ganas de leer las innumerables tesis e informes científicos que existen en el reservorio bibliográfico de nuestras universidades públicas para afrontar la crisis. 

Ha quedado atrás la Argentina cuya base de crecimiento era la salud y la educación. Quedó en el imaginario popular la idea de la movilidad social ascendente y el achicamiento de la grieta social. Los años dorados en los que nuestros profesionales y científicos eran de prestigio internacional. 

Hoy, por lo menos desde una humilde posición, observamos que la construcción de los temas de agenda pública es efectuada por innumerables especialistas que no conocen la realidad, que viven para vender, que piensan para recibir y opinan sin saber. 
No tenemos remedio para esto. Acostumbrarnos a vivir de la fantasía, nos hace vulnerables a consumir mensajes vacíos de ideas, estrategias publicitarias y productos de vanguardia sin substancia, y nos impulsan a elegir personajes complejos, de escasa formación y muchas incertidumbres. 

Tan solo con el despertar de la política a través de la razón, mejoraremos como sociedad. Nuestra meta es ser libres, capaces de pensar y actuar en base a criterios conscientes, y no en base a la obstrucción mental originada por mensajes publicitarios de personas que con un “brainstorming” obtienen las soluciones claves para el futuro de nuestra gran nación argentina.

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