EDITORIAL

El único imprescindible

domingo, 25 de agosto de 2019 · 02:02

Pregunta recurrente entre los analistas políticos y dirigentes de las distintas fuerzas antes, durante y después de los procesos electorales: ¿De quién son los votos?

Aunque no es una pregunta retórica, quien la enuncia sin dudas tiene su respuesta. Pero hay una respuesta para cada necesidad… política. Es que definir quién es el dueño o la dueña de los votos, para los armadores políticos, resulta clave para, en función de esa determinación, generar una estrategia electoral y, sobre todo, las listas de candidatos.

Desde esta concepción de la política, “el dueño o la dueña de los votos” es, entiéndase bien, la figura que se caracteriza como la más convocante en un determinado territorio.

En una cultura política donde es muy visible la exaltación de los personalismos, el derrotero de los partidos o frentes está signado por la sucesión de liderazgos. Durante muchos años “los Saadi” fueron los dueños de los votos del peronismo catamarqueño, hasta que, efímeramente, se los arrebató Luis Barrionuevo. En la última década, luego de una transición donde no emergieron figuras con la suficiente capacidad de convocatoria, quien se “adueñó” de los votos del peronismo local es Lucía Corpacci. ¿Podrá Raúl Jalil apropiarse ahora de ellos?

En el Frente Cívico los dueños de los votos fueron, en la década del noventa, Arnoldo y Oscar Castillo, y en la primera década del siglo actual Eduardo Brizuela del Moral. Hoy los votos no le pertenecen a ningún dirigente en particular. ¿Será tal vez esa carencia una explicación del debilitamiento de la potencia electoral del sector?

En esta lógica de razonamiento se entiende el debate respecto de cuántos de los votos del Frente de Todos a nivel nacional pertenecen a Cristina Kirchner y cuántos a Alberto Fernández. Tarea, se comprenderá, imposible de dilucidar.

Quizás debería modificarse el enfoque respecto de la propiedad de los votos para repensar el funcionamiento del sistema democrático. Los votos son del pueblo como categoría colectiva. O, si se prefiere, de cada uno de los ciudadanos.

Sin negar la larga tradición personalista de la política argentina, enraizada en el peso territorial de los caudillos desde los prolegómenos de la organización nacional, el ejercicio consolidado del derecho a elegir, que actualmente lleva casi cuatro décadas sin interrupciones, forja cada vez más ciudadanos críticos y capaces de arrebatar el poder que otorgan los sufragios, si así lo creen conveniente para defender sus derechos e intereses.

Los políticos, de todos los partidos, que se creen dueños de los votos –o de la representación de la República, por qué no decirlo-, que se autoperciben como imprescindibles o destinados a los primeros planos permanentemente, deberían rever esa convicción falaz.

Dice Gabriel García Márquez en “El amor en los tiempos del cólera”: “Con el tiempo todo pasa. He visto, con algo de paciencia, a lo inolvidable volverse olvido, y a lo imprescindible sobrar”.

En Democracia el único imprescindible es el pueblo.

 

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