CARTA AL DIRECTOR

Recordando al Dr. Ángel Córdoba

miércoles, 14 de agosto de 2019 · 02:00

Señor Director:
Se llama Ángel Fidel Córdoba y nació en la localidad de Mutquín, Pomán, en 1936. Se graduó como médico en la Universidad Nacional de Córdoba.

En sus inicios se desempeñó como médico en la localidad de Caucete, provincia de San Juan. Recuerda que por esas cosas del destino e influenciado por un amigo, fue designado para ejercer su profesión en Bañado de Ovanta el 14 de junio de 1964.
En el comienzo de su actividad profesional, trabajó en una modesta salita de primeros auxilios que funcionaba en la casa de Don Santiago Gramajo.

En la década del ‘70, se construyó el nuevo edificio donde funciona el actual hospital zonal, actualmente ampliado, y fue designado como Director. Con gran vocación profesional, en muy corto tiempo se ganó el afecto y el calor de gente de toda esa región santarroseña. Afectuosamente lo comenzaron a llamar “Chito”. Así comenzó a cosechar amigos y adeptos, e incorporó costumbres y formas de vida de los lugareños. 
También comenzó a reunirse con los pobladores en las carreras cuadreras, las riñas del gallo, las tableadas y otras actividades lugareñas.
En los primeros meses, cuando recién llegó, tuvo que usar una bicicleta para poder trasladarse y atender a pacientes de diferentes parajes de la zona.
Comenta que cuando la gente le tomó confianza, lo iban a buscar a cualquier hora de la noche, a veces por casos de gravedad y en otros no.
En esa época, este médico brindaba su atención médica domiciliaria de una manera gratuita, no recibía órdenes médicas, ni aranceles domiciliarios.

Sacrificio
Recordamos que a los pocos días de haber llegado, en una noche muy fría del mes de julio a las 4.30 de la madrugada, lo fueron a buscar para que vaya a Ampolla para asistir a una persona que estaba en un estado de salud bastante delicado.
Se puso un sobretodo y un pasamontañas, sin dejar nunca su linterna de cuatro elementos (no había luz eléctrica en esa época) subió en una “zorra” sentado en un cajón de cerveza, que entonces eran de madera, mientras caía una helada. Al llegar al paraje Ovanta, la mula empezó a recular, retrocedía, no quería avanzar; el lugareño que manejaba la zorra le expresó: se cruzó un “perro negro”, pero él no lo vio porque iba acurrucado por el frío. Comentaban los pobladores que tal espanto siempre aparecía en ese lugar.

Superado el obstáculo, pudo llegar a Ampolla, medicó al paciente con medicamentos de muestra que llevaba en su maletín y le expendió la correspondiente receta.
Cuando volvió al Bañado de Ovanta llegó casi congelado y pasó varios días hasta que pudo recomponerse físicamente. Sus primeras épocas fueron muy duras, el centro asistencial no tenía los elementos quirúrgicos necesarios, no había ambulancia. Mencionaba a dos enfermeras que lo ayudaban mucho: Lolita Quiroga y Panchita Argañaraz.
Para atender un paciente en Quebracho Blanco iba en bicicleta, hasta que el año siguiente de su llegada pudo comprarse un Fiat 600, que le sirvió mucho para trasladarse.

Recordó a Don Felipe Rosales, hombre que colaboró desinteresadamente con toda la comunidad, ya que trasladaba a personas enfermas de distintos pueblitos de la región en un Chevrolet modelo 39, que lo tenía muy bien conservado.
El médico relata que ante la carencia de material de trabajo tuvo que realizar varias autopsias con el rostro casi descubierto. Como el caso del sargento Castiro, que fue asesinado en la localidad de Lavalle; también lo hizo con Don Tránsito Collantes, que falleció calcinado en un improvisado calabozo con techo de paja de un pequeño destacamento policial que entonces había en Ampolla.
No dejó de recordar que en la década del 60 en Santa Rosa se produjeron los crímenes más fuertes de nuestra provincia. Recuerda que un domingo a la madrugada lo fue a buscar la Policía para que vaya a Lavalle, ya que en una fiesta lugareña se produjo una gresca y había un hombre apuñalado de gravedad. Ante esta situación, en su propio “Fitito” tuvo que llevarlo a Catamarca, temía que se podía desangrar en el camino, pero llegó con vida al hospital San Juan Bautista y personalmente tuvo que colaborar con la cirugía que se realizó al paciente, logrando salvarle la vida.

Comenta que en esa época proliferaban las enfermedades “cardiorrespiratorias”, más aún porque a mediados del siglo pasado esa zona era considerada “chagásica endémica”. Las vinchucas fueron combatidas en varios operativos “Chagas Mazza” que realizaba el Ministerio de Salud Pública. Recuerda que entonces la gente recurría mucho a los curanderos, tuvo que actuar en varios casos que las mujeres querían interrumpir el embarazo y eran atendidas por “parteros truchos” que había en la región.
Menciona algunos casos de enfermos con cáncer, como el caso de un paciente de Las Tunas, que lo trató y medicó durante mucho tiempo. En los últimos años se dio un alto índice de personas que padecen y mueren por esta enfermedad, sobre todo en la zona donde se realiza de una manera intensiva el monocultivo de la soja y se utiliza el “glifosato”, fungicida venenoso y con efectos cancerígenos, por ello es que su uso está prohibido por la OMS.

Tiempo libre y amor
En su rutinaria vida pueblerina, siempre iba al boliche de Piruta, donde jugaba el truco y practicaba el sapo. Allí precisamente le viene a la memoria la imagen de nuestro histórico y legendario representante Miguelito Gerez, quien con su bandoneón siempre amenizaba las reuniones.

Los fines de semana se reunían en la histórica pensión de doña Prudencia Zeballos, donde paraban todas las maestras que venían de otros lugares. También asistían el comisario, el juez de Paz, a veces iba el cura del pueblo y algún otro vecino. Las maestras siempre preparaban algunas empanadas y en un antiguo tocadiscos “Winco” que tenía Doña Prudencia podían escuchar y bailar con la música del “Cuarteto Imperial”.

Siempre tenía que ir a la antigua casa de “Mitre Baracat” donde compraban las pilas para las linternas de cuatro elementos y todo lo que necesitaba, era un negocio típico de ramos generales: tenía de todo, contó.
En la vecina localidad de San Pedro de Guasayán conoció a una bella joven de origen ucraniano, Stillena Falendis, hija de un médico inmigrante europeo que llegó a la Argentina en la posguerra y casualmente pasó a trabajar como médico en el nosocomio de San Pedro.

Se puso de novio y contrajo matrimonio, tuvo tres hijos, un varón y dos mujeres, una de ellas tiene la misma profesión y vocación de su padre.
Fue candidato a senador departamental por la UCR, pero pronto dejó la política para dedicarse en pleno a su propia vocación y a su núcleo familiar.
Actualmente vive en su Mutquín natal y padece algunos problemas de salud, consecuencia de una enfermedad diabética. El doctor Ángel Fidel Córdoba fue un verdadero médico de trinchera, dejó parte de su vida al servicio y cuidado de la salud de los santarroseños.
Fue un héroe de la medicina, demostró su gran vocación, profesionalismo y su alto espíritu comunitario y humanitario. El pueblo de Bañado de Ovanta estará eternamente agradecido y siempre lo recordará. 
¡Gracias querido Chito!

Ramón Arturo Brizuela
DNI 8.510.174

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