CARA Y CRUZ

Macri, enajenado

martes, 13 de agosto de 2019 · 02:19

El presidente Mauricio Macri expuso su enajenación en conferencia de prensa. Insistir con la amenaza del retorno kirchnerista es indicio de que está, diría don Vicente, en las nubes de Úbeda

El fracaso del domingo no puede haber conmocionado a los especialistas en escrutar electorados que lo rodean tanto como para impedirles advertir que no fueron derrotados por el kirchnerismo, sino por un movimiento político novedoso, muy heterogéneo, construido por ellos mismos con eficacia suicida. 

Se trata del antimacrismo. Las primarias fueron su 17 de octubre. Ni los ganadores imaginaron que tuviera tanta fuerza. 
Si bien la ola de rechazo al Presidente era previsible, un tsunami como el que se dio no entraba en los cálculos de nadie. 

El diagnóstico del Presidente, que ha de ser el de los asesores que coordinan Durán Barba y el jefe de Gabinete Marcos Peña, omitió explorar las razones del fenómeno. 

En la composición del voto de la fórmula Alberto Fernández-Cristina Kirchner la porción kirchnerista es significativa, pero insuficiente para explicar las abismales diferencias que se dieron. 

Uno de los datos relevantes de estas PASO es la evolución del instinto electoral argentino. La sociedad identificó el canal más apropiado para expulsar al Presidente y lo utilizó.

¿Significa eso que la Argentina clama por el retorno del kirchnerismo? Podría ser que una parte así lo desee, pero sería un error interpretar los resultados de modo tan reduccionista. 

Lo que parece querer la aplastante mayoría, kirchnerista o no, con fervor del 47%, es que Macri se vaya. Y si la porción que definió el triunfo votó a la “doble Fernández” es porque presiente que hacerlo no implica necesariamente el retorno del kirchnerismo. 

En otras palabras: la sociedad dejó de percibir al kirchnerismo como una amenaza. O, en cualquier caso, le tiene más terror a la continuidad de Macri que a la posibilidad de que el kirchnerismo vuelva.


El ciclo de acumulación del macrismo concluyó cuando decidió circunscribirse al antikirchnerismo. Tal decisión impuso límites muy rígidos a su electorado, al que para colmo lo único que le ofrecía era sangre, sudor y lágrimas.

El antimacrismo, mientras tanto, se expandía en alas de la inflación, los tarifazos, el desempleo, la caída del consumo, pero fragmentado. Derrotar a Macri demandaba suministrar el dispositivo de expresión a esos fragmentos dispersos, entre los que abundaban los refractarios al kirchnerismo visceral. 

Con el repliegue de Cristina de Kirchner a la vicepresidencia y el encumbramiento de Alberto Fernández se inició la síntesis.
El macrismo estaba tan ocupado en fomentar la grieta que ni siquiera se remitió a su propia experiencia. 

El triunfo de Macri sobre Daniel Scioli en 2015 fue por diferencias mínimas pero, de todos modos, producto de la confluencia de sectores antikirchneristas que hasta entonces habían jugado dispersos. El PRO, la UCR y la Coalición Cívica fueron el nervio de aquella exitosa alianza. Macri no se dio cuenta de que el mismo proceso, acelerado por las penurias económicas, se estaba incubando en su contra.


Hay un oficialismo nacional incipiente en construcción, también interpelado por su triunfo, que conlleva un mandato: no volver al pasado. Sus figuras estelares leyeron bien. Se acabó la grieta, hemos aprendido, somos leones herbívoros.

En la vereda contraria, Macri y sus acólitos pelean contra espectros. 

No ha de negársele al presidente en desgracia el consuelo de una hazaña. Finalmente, como Perón, como Alfonsín, como Menem, como Néstor y Cristina, creó su propio movimiento nacional epónimo. El kirchnerismo que lo obsesiona es un afluente del robusto antimacrismo, cuyos derechos de autor nadie está en condiciones de disputarle.

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