cartas al director

Sobre el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea

lunes, 8 de julio de 2019 · 04:00

Señor Director:

La firma de un acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea fue catalogado de histórico por sus gestores, adjetivo que resulta adecuado debido a la importancia de los bloques comerciales involucrados, la dimensión del mercado abastecido y el momento particular que atraviesa la economía mundial por las tensiones entre los Estados Unidos y China, al borde de una guerra comercial por aplicación de medidas para proteger determinados sectores productivos de cada país.
La bondad de un acuerdo no es algo que pueda inferirse por el solo motivo de su firma, muy especialmente los de tipo económico que pueden resultar buenos o malos en función de los beneficios o perjuicios que de ellos deriven. En este caso es muy poco lo que puede asegurarse, partiendo del desconocimiento de la letra chica del convenio, ya que las partes dieron a conocer aspectos muy generales e imprecisos que, según se intuye, serían materia de discusiones más amplias tendientes a obtener ciertos resguardos y la adaptación de los sectores vulnerables en un plazo más o menos extenso.
Si puede decirse que, por su naturaleza, un acuerdo de libre comercio tiende a remover los obstáculos que se presentan en el intercambio de bienes y servicios producidos por los distintos países y que básicamente se presentan en forma de barreras arancelarias (impuestos al comercio exterior) y no arancelarias (medidas de seguridad, salubridad, sanidad, ambientales, etc.).
La remoción de obstáculos tiene correlación con la figura de nivelar el terreno para presentar idénticas condiciones para los competidores. Siguiendo con esa figura, también es un dato de la realidad que los competidores no son exactamente iguales, tienen sus diferencias, y es entonces donde se puede pronosticar un resultado, con mayor certeza en cuanto la diferencia entre los participantes sea mayor.
Esto es fácilmente apreciable en los eventos deportivos donde la competencia resulta su esencia, la cual desaparece en la medida que los contendientes pertenecen a niveles muy dispares. Es fácil adivinar el resultado de una pelea entre boxeadores profesionales que pertenecieran a distintas categorías (por ejemplo, un peso pluma contra un peso pesado). Igualmente despareja sería la competencia entre dos pilotos si, en un circuito de carreras, a uno se le asigna un coche de fórmula 1 y al otro un vehículo de serie. Incluso en deportes más parejos existen condiciones que pueden disimular o acentuar las diferencias. Piénsese el caso de la ventaja de los equipos de fútbol bolivianos que juegan en estadios de altura.
La diferencia que da cuenta de la disparidad, en economía política se identifica como asimetría. En consecuencia, cuando los estados nacionales –o los bloques regionales como en este caso– concurren a la conformación de un mercado libre para comerciar sin limitaciones, ni obstáculos, la forma de pronosticar resultados debe atender a esas asimetrías. De esta manera podemos afrontar el desafío que supone el acuerdo con la dosis de realismo necesaria y avenirnos responsablemente a adoptar los recaudos tendientes a contar más beneficios que perjuicios entre los efectos deseables del convenio.
A primera vista podríamos apuntar las asimetrías entre los dos bloques, ambos derivados de procesos de integración regional muy disímiles por su origen, funcionamiento y desempeño. La Unión Europea es el producto de un largo proceso de integración que superó múltiples etapas, desde la conformación de una zona de libre comercio, pasando por la unión aduanera hasta alcanzar el estadio máximo de la integración económica con la conformación de un mercado común, que tiene una política comercial unificada y una moneda única. Por supuesto que se trata de un proceso complejo, con luces y sombras, incluso con cuestionamientos que resaltan en la actualidad como el Brexit, la crisis de Grecia y los problemas económicos de Italia. No obstante, es evidente la diferencia con el proceso de integración del Mercosur que, luego de una rápida conformación de la zona de libre comercio y la adopción de un arancel externo común (a mediados de los 90), vio estancada la concreción real de una unión aduanera y la libre circulación de los factores productivos, con más retrocesos que avances al punto que recientemente se cuestionaba la continuidad del proceso integrador. Desde el punto de vista económico esta disparidad de trayectorias tiene consecuencias visibles. De hecho, la integración productiva europea, en un marco donde juegan un rol fundamental las cadenas globales de valor, permite identificar a la región como una de las tres factorías principales del planeta (junto con América del Norte y el este de Asia), mientras que por el lado del Mercosur resalta el déficit de su integración productiva en los escasos valores del comercio intrazonal y la irrelevante presencia de cadenas de valor de la propia región. Por otra parte, la definición de políticas comerciales unificadas en el ámbito de la Unión Europea contrasta con las divergencias de los integrantes del Mercosur, constantemente afectados en su funcionamiento por los desequilibrios macroeconómicos y por la utilización recurrente de correcciones en los tipos de cambios para lograr competitividad, afectando así la normal previsión que requiere el tráfico comercial continuo. En el aspecto institucional, las diferencias también son notorias, ya que la integración europea se sostiene en un conjunto de organismos supranacionales tendientes a hacer converger los intereses nacionales con los objetivos de la integración, mientras que la fragilidad institucional del Mercosur se manifiesta en la dependencia del humor político de los presidentes de los países miembros y en la debilidad de organismos intergubernamentales cuyo movimiento se activa o detiene, generalmente, en función de los intereses nacionales. Piénsese solamente en que el proceso de aprobación del tratado requerirá el concurso del parlamento europeo como instancia fundamental, mientras que en el Mercosur, las actuales autoridades de los países miembros desistieron de la elección de integrantes del Parlasur, que debía realizarse este año, condenando su existencia al más rotundo fracaso.
Puestos a analizar cuáles cuestiones pueden emerger a partir de esas diferencias y teniendo en cuenta que a priori se estima que la Unión Europea espera obtener beneficios de la liberación comercial en el sector industrial mientras que los países del Mercosur lo prevén especialmente en el sector agropecuario, es razonable pronosticar el comportamiento de los bloques para proteger sus sectores sensibles o más vulnerables. De tal manera, ya se visualiza que para atender la preocupación de los productores agropecuarios europeos (alarmados por la firma del acuerdo) la UE puede utilizar, oficiosamente, cuantiosos recursos de su presupuesto elaborado por el Parlamento Europeo y aprobado por el Consejo. Los rubros más significativos de ese presupuesto (que ronda los 165 mil millones de euros) están destinados en casi un 40 por ciento a la agricultura (esencialmente subsidios) y otro porcentaje similar para atender las asimetrías entre los países de la propia UE. Del lado del Mercosur –que carece de un presupuesto global y solo cuenta con ellos para el funcionamiento administrativo de algunos organismos– deberíamos atenernos a la utilización de los programas de complementación productiva vigentes y entonces podemos apuntar al FOCEM (Fondo para la Convergencia Estructural del Mercosur) como una herramienta para fortalecer los sectores más vulnerables al acuerdo de libre comercio. Pues bien, el monto destinado al FOCEM para el 2019 asciende a 375 millones de dólares, lo que representa el 0,2 por ciento del presupuesto de la UE.
Pero además de los desequilibrios entre los bloques, debe atenderse (como efectivamente se hace en el proceso de integración europea) a las asimetrías puertas adentro del Mercosur, e incluso al interior de los países que lo integran. En este aspecto, solo considerando Argentina, se presenta una gran asimetría de carácter estructural ya que se trata de un país que durante décadas no acierta a resolver la pobreza de un tercio de sus habitantes, con una economía de tamaño relativo en constante desequilibrio, una moneda vapuleada y alta dependencia de financiamiento externo en razón de una estructura productiva primarizada que agrega poco valor a sus principales productos de exportación. Esta asimetría se manifiesta a nivel regional, donde existe una gran desventaja con Brasil (e incluso con Uruguay y Paraguay en cuanto al orden macroeconómico), pero también se advierte hacia el interior del país, que presenta zonas con un diferencial de desarrollo notable, desequilibrio que persiste hasta la fecha. La historia de la Nación Argentina da testimonio de una puja entre la zona central (Buenos Aires y sus alrededores) versus el resto del país con un trasfondo que revela las consecuencias de una disputa entre libre cambio y proteccionismo resueltas en favor de los intereses de la economía de la Pampa húmeda y el puerto.
Más allá de lo estructural, los análisis que dirigen su enfoque hacia sectores particulares permiten encontrar muchas otras diferencias que deben ser atendidas para poder aprovechar la ampliación del mercado. Puede tomarse un sector económico cualquiera y analizar su estructura de gastos para la producción de un bien. Un solo rubro como la energía eléctrica puede llevarnos a mostrar la disparidad de valores entre provincias, por no comparar la diferencia entre los costos y calidad de suministro de esa energía entre Argentina y los países de la UE. Sin embargo, la opinión de los especialistas, empresarios y políticos en nuestro país pone el acento en el gasto público, la carga impositiva y el costo laboral a los que sindican como causantes de la baja competitividad en los sectores productivos argentinos. Si bien tales aspectos también deben ser atendidos, ello debe responder a una estrategia que persiga un desarrollo armónico a nivel territorial e inclusivo de toda la población, atendiendo a que la apertura comercial siempre lleva al desplazamiento, reconversión, creación o desaparición de sectores en la economía con el consabido resultado de ganadores y perdedores. Pues bien, los sectores perdedores de la economía no pueden quedar librados a su suerte porque en definitiva se traslucen en pérdidas de trabajo para personas de carne y hueso que, si no logran reinsertarse, no hacen más que agravar la situación de exclusión.
Por eso, además de los factores mencionados, la competitividad del país requiere de acciones urgentes, prioritarias y eficaces en materia de educación, alimentación y salud que prepare los recursos humanos para afrontar los desafíos que plantea el acuerdo. Además, con idéntico apremio e importancia, se requiere de la infraestructura física y los incentivos que pongan en pie de igualdad a las diversas zonas del país para facilitar el acceso a los mercados que se amplían.
El “comienzo de una etapa de desarrollo distinta”, como plantea el presidente Macri, exige una transformación inusitada para nuestro país que debe involucrar cambios paradigmáticos a todo nivel. Para ello debe prevalecer –como requisito ineludible– la cultura del trabajo, del esfuerzo, del ahorro, del estudio, de la honestidad, de la planificación estratégica, de la transparencia, del respeto a la ley, de la existencia de premios y castigos, de la responsabilidad empresarial, de la protección ambiental, de la excelencia, de la innovación y de la solidaridad. Esto supone que toda la sociedad está involucrada y es necesariamente llamada a modificar los comportamientos basados en la prebenda, la anomía y el ventajismo que nos llevaron a la situación actual. Especialmente las elites políticas y económicas del país deben iniciar sin demora esta necesaria reconversión, pues estos grupos dirigentes son fundamentales para motorizar los procesos de integración económica que redunden en beneficio de la nación y de la región en su conjunto. De lo contrario, trabajando parcialmente y persistiendo en la obtención de intereses particulares solo conseguirán algunos beneficios sectoriales pero pueden sumir a la mayoría en una situación de mayor deterioro.
Volviendo a la semejanza con los deportes, es fácilmente reconocible la importancia de competir con los mejores. Para cualquier deportista, aun el más amateur, se plantea como un sueño disputar una partida contra los campeones, y el hecho de lograrlo ya representa un motivo de justo orgullo. Pero mientras que en el ámbito deportivo suele decirse que lo importante es competir (siempre con el objeto de relativizar el impacto de una derrota), en las cuestiones de desarrollo de las naciones bajo el imperio del capitalismo perder tiene consecuencias mucho más dolorosas que encarnan en forma de exclusión social, verdadera tragedia humana de nuestros tiempos.

Víctor Javier Quinteros
DNI 21.850.873

 

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