Editorial

Bultos en las veredas

Para los que no tienen una casa en donde vivir, cualquier lugar puede ser un refugio indeseable...
sábado, 25 de mayo de 2019 · 04:18

Para los que no tienen una casa en donde vivir, cualquier lugar puede ser un refugio indeseable pero necesario para sobrevivir. En los últimos años, como consecuencia del agravamiento de la crisis económica, el número de los sin techo, o personas en situación de calle, aumentó considerablemente. También en Catamarca, según lo admitido por María Carrizo, subsecretaria de Familia de la provincia.

A la calle van a vivir los que perdieron un trabajo estable o nunca lo tuvieron; los que, como consecuencia del deterioro de sus ingresos, no pueden seguir pagando un alquiler; los que se ven compelidos a abandonar sus viviendas familiares por el hacinamiento o circunstancias personales y no tienen los recursos para acceder a una nueva vivienda…

No hay cifras oficiales ni de estudios privados respecto de la gente que duerme a la intemperie o en edificios públicos, pero se estima que son varias decenas de miles en el país. Y cada día se agregan nuevas personas o familias.

En la única ciudad donde existen números más o menos precisos es en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde cada año organizaciones no gubernamentales realizan un censo. El último, del año pasado, arrojó como resultado que en la capital del país son al menos 8.000 las personas que están en situación de calle.

La ignominiosa postal de personas durmiendo en plazas, veredas o umbrales de casas y comercios es cada vez más común. Pero también se cuentan de a cientos las que pernoctan en hospitales, terminales de ómnibus y aeropuertos.

El Estado, que con sus políticas de exclusión los descartó del sistema económico, tampoco es, por lo general, eficaz en la contención social de los integrantes de este colectivo en situación de extrema vulnerabilidad. La asistencia alimentaria es insuficiente, los albergues están colapsados y no hay estrategias para pensar en soluciones habitacionales que sean accesibles.

La indigencia no es el único problema que enfrentan los sin techo. También el odio y el desprecio irracional de un grupo muy minoritario. Hace unos días se viralizó un video en el que se observa cómo dos individuos atacan a dos personas que dormían bajo un puente en el barrio porteño de Mataderos, les prenden fuego y huyen. Los indigentes se salvaron finalmente, pero quedaron con secuelas por las quemaduras.

Para estos sujetos, los pobres que duermen en la calle no son un problema moral o ético, sino estético: desde su mentalidad fascista, “afean” la ciudad en la que viven. Con el mismo criterio el dictador Domingo Bussi tapó con un muro las villas miserias de San Miguel de Tucumán, o arrojó a decenas de mendigos a las rutas en el límite con Catamarca en el frío invierno de 1977.

La deuda del Estado con las personas indigentes que viven a la intemperie debe saldarse de una vez. El resto de la sociedad también debe hacer su mea culpa, porque se ha acostumbrado a ese paisaje urbano en el que se ven bultos en las veredas y no personas. Y al perder la capacidad de escandalizarse ante tanta injusticia, la convalida con su pasividad.

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