CARA Y CRUZ

El futuro, hacia atrás

viernes, 24 de mayo de 2019 · 07:03

La alianza Cambiemos, que encumbró a Mauricio Macri en la Presidencia, se debate por estos días en tensiones intestinas incentivadas principalmente por los socios radicales. 

El tuétano del problema oficialista no es ya cómo ampliar la base electoral, sino qué hacer para, por lo menos, recuperar desencantados a los que los canales para expresarse en las urnas se les multiplican. 

Están Alternativa Federal, todavía embrión; Roberto Lavagna, expectante, y, colmo de la desgracia, la “doble Fernández”, con Cristina como vice de su ex jefe de Gabinete Alberto Fernández, el kirchnerismo herbívoro. 

Cristina retiene su tercio del electorado duro, muy ideologizado, imposible de perforar. Con la “doble Fernández”, tienta a parcelas del resto de las propuestas antimacristas en ciernes. 

Alternativa Federal, de afianzarse, le restará más votos a Cambiemos que a los kirchneristas, y lo mismo ocurre con la ventanilla Lavagna. La unificación de ambas facciones podría ser una catástrofe para la Casa Rosada, un tanto menor en caso de que Sergio Massa, que también fue jefe de Gabinete de Cristina, decida pactar con su antigua jefa. Pero apenitas.

Se explica la desesperación de los miembros de Cambiemos: en todos los escenarios hipotéticos la fuga de votos mayor la sufren ellos. No atinan con la ingeniería que les permita emparejar la cancha. 

Especulaciones: la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal como candidata a Presidente en lugar de Macri o como candidata a vicepresidente, la versión Cambiemos de la “doble Fernández”; sumar a Lavagna, a Alternativa Federal o a escisiones de ambos; dirimir la fórmula presidencial en las PASO de agosto… 

Ninguna termina de cerrar, mientras el tiempo para presentar alianzas y precandidatos se agota, implacable.
Macri ha creado su propio cepo. Su gestión generó las condiciones para el crecimiento exponencial del antimacrismo. Jugó todo a un solo naipe: que su único adversario sería el kirchnerismo. Vale decir: apostó a un escenario congelado en 2015 y 2017, subestimando el dinamismo, rasgo esencial de la actividad política, y confiado en que podría sortear obstáculos a golpes de marketing y mistificaciones.


La magnitud del error es evidente. Ni siquiera fue preciso que Cristina saliera de escena para que a Cambiemos se le venga la estantería encima. Alcanzó con que la ex presidenta se corriera un poco para trastrocar toda la escena.
El carácter socialmente expulsivo de la administración Macri fue cubierto con asistencialismo. 
El asunto ahora es la expulsión de adherentes. No es casual que la UCR tense la cuerda interna: es su clientela, la clase media, la que se le fuga hacia costas peronistas, filoperonistas o socialistas.

El presidente de la Confederación General Empresaria (CGE), Marcelo Fernández, resumió en diálogo con El Ancasti los motivos del fracaso macrista. 
“Hay más un negocio económico financiero en la Argentina. El negocio de las altas tasas de interés, de las devaluaciones, de los instrumentos financieros, de las lebacs, las leliqs. El banco prefiere colocar dólares a este interés, antes que prestar a las pymes, que tienen riesgo y que evidentemente no las van a poder pagar”, apuntó, y postuló “un acuerdo social entre trabajadores y empresarios, con el Estado presente”. Lo mismo que Cristina, Lavagna y Alternativa Federal.
En esencia, con las variaciones que sean necesarias, el programa que intentó aplicar el tercer Perón, ideado por su ministro de Economía, el catamarqueño, José Ber Gelbard.
Macri decía que había que insertar a Argentina en el mundo y lo que sus adversarios plantean unánimes, con gran eco en el electorado, es desempolvar políticas de 1973. El fracaso condensado: a la Argentina el futuro, como decía Mafalda, viene a quedarle para atrás. 
 

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