cartas al director

Un amanecer en Los Ángeles

jueves, 23 de mayo de 2019 · 04:00

Señor Director:

El trinar de los pájaros, el ruido de los insectos, el rumor de las aguas que pasan por la acequia, son las primeras sensaciones de un día envuelto en la naturaleza pura, entre el verdor del césped y flores por todas partes cercanas a la casa de piedra y la gran cantidad de frondosos nogales, ciruelos, manzanos, membrillos, duraznos, peras, etcétera, que ocupan gran parte de la finca. Al salir de la casa y respirar profundamente se siente que uno está en otro lugar, muy distinto al de la ciudad.
El perfume que envuelve el aire silvestre no tiene nada comparable, es un paraíso que emociona, dificulta la respiración, todo cautiva y confunde, nos altera los sentidos, nada se iguala, las montañas cercanas envuelven la totalidad del majestuoso paisaje. Hortensias, dalias, rosas, madreselvas y las flores silvestres, violetas, maravillas, mentas, toronjil, campanillas, son algunas de las plantas que cautivan la atención, un sueño real, nos damos cuenta de que éste es el lugar soñado para sentirse libre y feliz. ¿Qué es la verdadera vida? Sentirse feliz.
Paseando por la finca camino al río por el norte de la casa, encontramos algunos gladiolos rojos, un cuadro con plantas de frutillas, duraznos, peras, ciruelos, membrillos, manzanas, higueras y más duraznos por doquier, hasta dar con un cerco viejo, doblamos a la derecha encontramos manzanas deliciosas y peras de agua, tomamos un respiro para bajar al río, cruzamos una tranquera vieja y por un sendero angosto en medio de piedras bajamos con mucha dificultad hasta llegar al río, se escucha solo el ruido del agua y de algún sapo trasnochado. Al levantar la mirada se observa una vegetación increíble, grandes piedras, quebradas con monte tupido, al poner los pies en estas aguas, parece que se nos paraliza todo el cuerpo, está muy fría, después de un momento, el cuerpo se va adaptando a esta temperatura.
Estamos a más de ciento cincuenta metros más abajo del nivel de la casa en la base de la montaña, luego de la adaptación del cuerpo, comenzamos a caminar; algunos, río arriba y otros, río abajo; se observan piedras de todos colores y tamaños, en algunos remansos están escondidos los bagres y las truchas, también sapos y ranas son los dueños de estos lugares; nosotros los venimos a molestar en su tranquilidad.
Luego, al caminar río abajo, llegamos a la vertiente en la finca del tío Julio Ávalos, helechos de dos metros de altura. Por la corriente de la vertiente se observa un planchón de ricos berros, que recogemos para la ensalada; continuamos avanzando y mientras lo hacemos podemos apreciar frondosos árboles: biscotes, fresnos, quebrachos, cocos, talas, en todo esto te absorbe la fragancia de la naturaleza imposible de describir; además, prendidos en las ramas trepan multicolores campánulas y el inconfundible jazmín del campo y el parásito perfumando el corpus quedas cautivado para siempre.
De regreso a la casa nos cuesta bastante tener que superar tranco a tranco y por un vasto sector de nuestra finca entre piedras y plantas de duraznos la empinada travesía, pero muy feliz por la oportunidad de haber experimentado con tanto placer la caminata obligada por este lugar que sin duda quedará en el recuerdo, la belleza incomparable de la naturaleza.
Éste, un lugarcito de Los Ángeles, departamento Capayán, Catamarca.

Hidaldo Ávalos
DNI 6.948.752

 

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