EDITORIAL

Ellos solo quieren jugar

sábado, 18 de mayo de 2019 · 04:56

Gran repercusión tuvo la decisión, adoptada por un árbitro de inferiores de la Liga Catamarqueña de fútbol, de suspender un partido que protagonizaban chicos de entre 9 y 10 años, por la manera en que un hombre insultaba a su pequeño hijo por razones relacionadas con el propio juego.

El partido entre Chacarita y Liberal Argentino fue suspendido por el árbitro Gustavo Córdoba. En el informe que elevó el juez al Tribunal de disciplina, explica las razones: “Finalizando el primer tiempo llego a visualizar a un padre de Liberal Argentino insultando a un niño de su propio equipo y a mi persona, a raíz de eso me dirijo a hablar con los respectivos técnicos de ambos equipos pidiéndoles que le informen al individuo que se retire del predio. Esta persona reacciona inadecuadamente, insultándome y amenazándome”.

Los incidentes no terminaron ahí: “A los 42 minutos observo a dos padres de Liberal retar e insultar a sus propios hijos y en eso escucho a uno que le dice a su hijo, pendejo de mierda no te voy a traer más si no ponés huevo. El nene le contesta gesticulando ofendido y le alcanzo ver lágrimas en sus ojos y cabizbajo, por lo que vuelvo a detener el juego y me dirijo al técnico de Liberal informándole la suspensión del partido y él se expresa estar de acuerdo con lo decidido”.

La violencia que impera en el fútbol en general se filtra, a veces, hacia el fútbol infantil y convierte un momento lúdico en una verdadera pesadilla. Estas actitudes extremadamente competitivas no son generalizadas –si así fuera, las canchas se convertirían en campos de batalla-, pero son más comunes de los que se cree habitualmente.

En ciudades más grandes, donde el fútbol infantil es una vidriera a la que se asoman clubes grandes en busca de pequeños talentos que algún día serán superprofesionales con billeteras abultadas y fama vertiginosa, los riesgos de la violencia son mayores porque la presión que padecen los chicos es mucho más intensa. Padres exacerbados transmiten un mensaje muy peligroso: niños de corta edad se juegan el futuro propio y el de su grupo familiar en cada jugada.

En abril de 2017 Fernando Pereira, entrenador de futsal, murió como consecuencia del golpe de una trompada que recibió de parte del padre de un jugador del equipo rival. El hecho sucedió en un club de la localidad de Munro, en la provincia de Buenos Aires, pero bien podría haber acaecido en cualquier ciudad del país.
Dos meses después, niños de entre 8 y 12 años de la localidad cordobesa de Pozo del Molle, ante la reiteración de hechos desagradables protagonizados por sus propios padres, salieron a la cancha con un cartel que decía: “Yo así no juego más: no me grites”.

Los episodios de violencia en el fútbol infantil, promovido por los mayores, se repiten cada vez más. Y es preciso ponerles un freno.

El mensaje para los chicos debería ser, de parte de sus padres: “Andá y divertite. Ganar no es lo más importante”. Al fin y al cabo, ellos solo quieren jugar a la pelota. 
 

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