EDITORIAL

Deuda de la Democracia argentina

lunes, 13 de mayo de 2019 · 04:01

Los dirigentes políticos argentinos que tengan aspiraciones presidenciales deberían proponerse como objetivo lograr el de Indigencia Cero o Hambre Cero. El de Pobreza Cero es un ideal a alcanzar, pero también, en las actuales circunstanciales, una meta incumplible en el corto y mediano plazo debido a las restricciones evidentes que se observan para remover la pobreza estructural.

La población en situación de indigencia es aquella cuyos ingresos no alcanzan para cubrir la canasta alimentaria. La que está en situación de pobreza no tienen ingresos suficientes para cubrir la canasta básica total, que incluye, además de los alimentos, otros bienes y servicios.

El desafío es acabar con la indigencia mediante políticas activas y orientadas a ese fin, y avanzar en el diseño de un país en desarrollo permanente, capaz de atacar progresivamente la pobreza estructural.

La pobreza aumenta en los tiempos de crisis económica y disminuye en los años de crecimiento. En 2002 llegó a superar el 50 por ciento y había bajado al 27 por ciento en 2015, de acuerdo con las estadísticas de la Universidad Católica Argentina. Actualmente alcanza al 32 por ciento de la población pero la tendencia es en alza por los elevados índices inflacionarios y los aumentos salariales muy inferiores.

Leonardo Gasparini, director del Centro de Estudios Distributivos (CEDLAS) de la Universidad de La Plata asegura que “un dato preocupante es la confirmación de un diagnóstico estructural de pobreza, que es similar a los que se ven desde hace 40 años, y que no se puede bajar del 20%”. Es decir, aún luego de varios años de crecimiento de la economía, la pobreza no baja de ese porcentaje. Y a un periodo de expansión le sigue otro de caída de la actividad. Son ciclos que no terminan de romperse, impidiendo de esa manera un desarrollo sustentable y perdurable.

Precisamente un informe del CEDLAS estima que, para poder bajar la pobreza en 10 puntos porcentuales, hacen falta por lo menos seis años de crecimiento sostenido al 3% anual. Una de las conclusiones del estudio es que el crecimiento económico es más efectivo para reducir la pobreza que la redistribución de la riqueza. Lo que el informe marca es que no se puede distribuir lo que no se produce. La conclusión no invalida, por supuesto, la necesidad de una distribución más equitativa de los recursos, que también contribuiría a la reducción de la pobreza y, fundamentalmente, de la indigencia.

Acabar con el hambre es una obligación que tiene, no ya un dirigente o un partido político en particular, sino la propia democracia argentina. El desafío es la implementación de medidas concretas que impliquen una rápida transferencia de ingresos hacia los sectores más vulnerables, y, más estratégicamente, para reducir de manera progresiva la pobreza, la puesta en marcha de un proyecto de desarrollo que promueva el crecimiento económico por largos periodos, rompiendo el círculo vicioso de crecimiento-recesión, tan característico de la economía argentina.

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