EL MIRADOR POLÍTICO

La defección de Macri

domingo, 12 de mayo de 2019 · 04:04

Aparte de las lamentables condiciones económicas que generaron sus políticas, contribuye al desplome en la consideración pública del presidente Mauricio Macri su defección en combates considerados indispensables por quienes lo votaron.
De ahí que el derrumbe afecte su propia base electoral, incluso el núcleo más duro, y que la estrategia de Cambiemos se reduzca al desesperado fomento de la grieta con Cristina Fernández de Kirchner: solo en la aversión al kirchnerismo Macri puede decir que cumple.
En esta traición de Cambiemos a las expectativas de sus prosélitos, la renuncia a esmerilar la gravitación de las corporaciones ocupa un lugar central.
No se trata solo del singular sindicalismo argentino, acaso la más emblemática de las castas. El entramado parasitario que asfixia la actividad económica incluye asociaciones profesionales, religiosas, empresarias, políticas y financieras cuya proliferación no cesa.
Cada una exige su tajada en el proceso productivo y a lo largo de la cadena comercial, y se han convertido en un lastre ilevantable que desalienta, cuando no anula, la inversión: constituyen una suerte de interminable sucesión de aduanas, en cada una de las cuales hay que abonar tributos obligatorios y desproporcionados.
Lógicamente, para defender sus intereses sectoriales, los beneficiarios de este sistema obstaculizan cualquier reforma legislativa o política que los ponga en jaque.
El caso quizás más claro en tal sentido es el de la legislación laboral, única para todo el país aún cuando sea incompatible con la actividad productiva de algunas regiones. Los intentos para adecuarla han naufragado siempre, menos porque hayan supuesto perjuicios para los trabajadores que por el recorte de privilegios que significaban para corporaciones como la sindical, que utiliza la justicia social de pretexto para mantener a salvo sus gangas.

Dinámica perversa
El resultado de esta dinámica es ilustrativo.
Con leyes laborales de imposible cumplimiento, los emprendimientos que generan empleo fracasan o ni se intentan y se pierden puestos de trabajo, hecho que, por cierto, no conmueve al sindicalismo tradicional y a dado origen a otra corporación: la que se arroga la representación de los excluidos debido a los límites infranqueables que regímenes irracionales imponen a la producción, que administran la asistencia social del Estado a cambio, por supuesto, de la correspondiente tajada para sus jerarcas y hostiga con piquetes sistemáticos cada vez que siente que lo que reciben no es suficiente. Que terminar con estas interrupciones de la libre circulación sea otro de los compromisos que el presidente Macri no ha honrado no puede llamar a esta altura de los incumplimientos la atención de nadie.
Los autodenominados luchadores, bien comidos siempre, no parecen advertir que su lógica perjudica a los más vulnerables.
Los grandes inversores se limitan a bajar la persiana, pagar llegado el caso las indemnizaciones de rigor y emigrar a geografías con sistemas más propicios para obtener rentabilidad. Los condenados son los pequeños y medianos: un almacenero se expone a perder su modesto negocio si se ve en el caso de despedir a un empleado.
Pocos se privan de sopar. Las asociaciones gremiales que reúnen a profesionales como abogados, escribanos, contadores, agrimensores, ingenieros, arquitectos, presionan por incorporar en el sistema contribuciones adicionales o incrementar las ya existentes, con lo que apuntan a aumentar también sus propias recaudaciones, cargadas, no puede ser de otro modo, en los honorarios que debe abonar el cliente.  
Súmese todo esto al combo impositivo, que es materia de otra discusión, y se tendrá una idea aproximada de los motivos por los cuáles no se invierte en la Argentina: el inversor tiene que asociar compulsivamente, y solo en las eventuales utilidades, a una multitud de corporaciones. Mucho más sensato que meterse en tantos gastos y molestias, sobre todo con la recesión imperante, es poner el dinero en el sistema financiero, quizás la corporación más beneficiada, junto con el sindicalismo, por Macri.
Con ese método puede obtener intereses que rondan el 50% anual, diferencia que ninguna actividad lícita arroja.
El sector financiero gana sin arriesgar nada. Puede pagar tamaña tasa porque le presta al Gobierno al 70% o más y cobra seguro. Obviamente, si la Rosada no llegara a abonar sus deudas, la corporación financiera tendrá la coartada perfecta para hacer lo propio con sus clientes.

Fuga
Habrá sido error de diagnóstico o será acción deliberada, lo cierto es que Macri, en lugar de combatir las corporaciones, como sus electores esperaban, termina asociado a ellas. La fuga de adherentes es más que comprensible. Porque sucede a la propia fuga presidencial, pero sobre todo porque a la par del robustecimiento de las organizaciones parásitas a las que el Presidente venía supuestamente a poner coto, se advierten complicidades.
Otra corporación, la del fútbol, muestra emparentamientos inquietantes.
La presidencia de la AFA está en manos de Claudio “Chiqui” Tapia, yerno del líder del sindicato de Camioneros, Hugo Moyano, paradigma del angurriento sindicalismo nacional.
La vicepresidencia primera es de Daniel Angelici, vinculado muy estrechamente a Macri.
La vicepresidencia segunda es de Moyano.
Metáfora perfecta. La AFA comandada por esta liga político-corporativa está sumida en la decadencia. Como el país que Mauricio Macri preside.

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